Jaime el Gaitero

10 noviembre 2008 15:15


En el blog de aquí a al lado he publicado un post sobre materiales del archivo de La Vanguardia. Dije:

El segundo caso, visto en El blog ausente, se titula “Tras las huellas de Jaime el destripador”. Un precioso post sigue las huellas en La Vanguardia de los crímenes de Jack the Ripper, malidentificado como The Piper, y en consecuencia bautizado periodísticamente como “Jaime el Gaitero”. Arriba, la noticia el 6 de octubre de 1888. Naturalmente, la prosa del momento deparará experiencias inolvidables a los lectores, como los “policías velocipedistas” que, desde los crímenes, recorren los barrios de mala fama.

Aparte de la divertida confusión Ripper/Pipper, lo que me ha hecho mucha gracia es recordar la época en que se traducían los nombres propios de persona y los apellidos a veces se adaptaban a la escritura y pronunciación española. Para mí, Jules Verne fue siempre Julio Verne, aunque ya conocí La cabaña del tío Tomás como La cabaña del tío Tom. ¿Cuándo acabó del todo esa práctica? Probablemente los lectores tengan una idea, y podrán aportar otros ejemplos…

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9 comentarios

jaime dijo...

No sé si sirve como teoría, peor hay que tener en cuenta que sólo las últimas generaciones han recibido enseñanza en inglés en la educación básica y el bachillerato, ya que no fue habitual durante la dictadura nacional católica. En este sentido, tenemos el fenómeno del doblaje (de películas extranjeras) que nos ha quedado en herencia, como a Italia y Alemania, que también sufrieron dictaduras nacionalistas. El cine fue el primer vehículo de propaganda de ideas útil para mantener al pueblo entretenido y era importante que los personajes de ficción hablasen la lengua del pueblo llano, supongo. En el caso de los filósofos, yo he oído siempre Renato Descartes, en vez de René, y Blas Pascal que suena igual que Blaise, o más raramente, Juan Teófilo Fichte, en vez de Johann Gottlieb, y casi siempre Federico Nietzsche, en vez de Friedrich. Sólo he oído a don Gustavo Bueno llamar a Baruch Spinoza, Benito Spinoza, y a veces escribe su apellido con la grafía latina y a veces con la portuguesa de sus orígenes marranos: Espinosa. Pero a nadie he oído aún que se le ocurra llamar Luis Wittgenstenin a Ludwig ni Carlos Popper a Karl… lo dejan para Carlos Marx y Federico Engels… que eran pareja de hecho.

11 noviembre 2008 01:45
Gorki dijo...

#JaimeCreo que tu teoría no es correcta. Yo tengo 65 años y he estudiado lógicamente bajo la dictadura de Franco. En el bachillerato se estudiaba un idioma, en mi caso el francés, pues iba a un colegio de frailes de procedencia francesa (los baberos). Mis hermanas estudiaron Inglés, pues fueron al colegio de las mojas Irlandesas.Cierto es que no se daba con mucha intensidad, yo leo bien francés (aunque practico poco), pero lo hablo con dificultad. De mis hermanas, dos hablan inglés fluidamente y la otra no.Logícamente, hablo de la clase media, pues la clase obrera, solia abandonar el colegio a los 14 años, cuando no lo hiieron a los 10años.El idioma no se daba excesivamente bien, pero as cambio se daba latín y los que hacian bacillerato de letras, griego. Yo traducía (aunque con cierta dificultad y con ayuda del diccionario), la “Guerra de las Galias”, de Julio Cesar.Siendo un pais aislado y no muy visitado por extrangeros hasta los años 60, los idiomas eran de poco utilidad y no solian estudiarse a fondo.Respecto de los nombres, no había una política concreta, yo siempre dije William Shakespeare mas o menos bien pronunciado o René Descartes, igual pasaba con Ludwig van Bettoven. De Esopinoza no se hablaba en el colegio, pero siempre le oí nombrar Baruch (que es un nombre biblico por otra parte) No siempre era así, por ejemplo se decia normalmente el Rey Federico el Grande o la Reina Isabel de Inglaterra, o Felipe rey de Francia.Yo supongo que primaba la posibilidad de transformar fácilmente el nombre original por uno español o no. Tambien supongo, pero sin datos, que a medida que nos hemos ido abriendo al mundo, hemos ido siendo mas facil de colonizar culturalmente y admitimos los nombres originarios con mas facilidad que antes. Asi paso con los nombres de los actores, que casi nunca se tradujeron. Gregory Peck, Charles Chaplin o Elizabet Taylor, onservaron sus nombres originales pese a la facil traducción, por que así venia escrito en la publicidad de las pelísculas. Hoy, que acabamos de abrirnos al oriente, Pekin se ha tranformado en Bejing y Mao Tse Tung, despues de muerto se ha transformado en Mao Zedong.Repecto de la traducción de las películas, no se hace por motivos ideológicos, sino comerciales, los países con un potencial demográfico suficiente traducen las películas los que no lo tiene las subtitulas. El no traducirlas si puede ser hecho por motivos ideológicos, unas veces por protejer la propia produccion y otra por alejar al pueblo llano de la ideología de otros países. Igual pasa con la literatura, se traduce mucho mas al español que al finés pes a tenr ellos mejor nivel de vida. Creo que buscar explicaciones fascistas a la traduccin de nombres propios es buscar tres pies al gato.

11 noviembre 2008 13:41
jaime dijo...

hola Gorki. Gracias por tus comentarios y tus aclaraciones. Creo que llevas toda la razón en lo que me corriges sobre el doblaje del cine, y que su fin debe ser comercial, y no político, como yo supuse. También en que mi teoría sea panfletaria y esquemática, seguramente. Sin embargo, algo de verdad debe haber, ya que, como señalas en tu comentario, la autarquía del régimen de Franco, la necesidad de su aislamiento para sobrevivir, que el español fuese la lengua sobre la que asentar su idea de nación que por lo que he leído regresaba hasta la España de los Reyes Católicos. Yo aún conocí monedas de cinco duros con las leyenda: “Por el imperio hacia Dios”. Es verdad que entraban pocos extranjeros y que conocer otro idioma para buena parte de la población no fuese de utilidad. Pero también es verdad que las lenguas minoritarias, según tengo entendido, fueron prohibidas: euskera, catalán y gallego, entre otras. Al no vivir aquellos años, ya que nací a comienzos de la década de los 70, mis recuerdos son pocos y vagos. Es posible que me equivoque y hable de oídas o de leídas.Por hacer una prueba he cogido un librito de Austral, editado por Espasa-Calpe. Estos libros, de tapas verdes, solían incluir un apéndice con una lista de autores y obras que tenían en el catálogo. En concreto, he cogido un ejemplar de Unamuno, “Algunas consideraciones sobre la literatura hispanoamericana”, 3ª edición, de 1968. Es decir, el régimen había sobrevivido 29 años, y le quedaban unos lustros aún. Por lo que veo no hay regla, como tu señalas en tu comentario, o yo no la encuentro. Así, unos nombres se españolizan -Próspero Mérimée, Honorato de Balzac, Carlos Dickens, Gustavo Flaubert, José de Maistre, Máximo Gorki…- mientras que otros se respetan en su lengua original -James Boswell, Edward Gibbon, Bertrand Russell, Bernard Shaw, William Shakespeare, Henry David Thoreau…Debería de ser prudente elaborando teorías.Un saludo

11 noviembre 2008 21:16
Solitarius dijo...

Como soy de la misma cohorte generacional que JAM y no he tenido la fortuna de disponer de una biblioteca digna de tal nombre en mi familia de origen, mis experiencias son las mismas que las de él, y no puedo precisar hasta cuándo, si la hubo alguna vez, subsistió la costumbre de españolizar los nombres de autores extranjeros.Aventuro, sin embargo, que la cuestión puede guardar relación con estrategias editoriales dirigidas a facilitar la familiaridad del público lector infantil y juvenil con los autores extranjeros más populares. La gente de mi edad ha leído a “Julio” Verne, pero también conocemos todos a Edmondo de Amicis, que nos hizo llorar -admitámoslo- con “Corazón”, como “Edmundo” (hasta el punto de que la Wikipedia en español encabeza el artículo correspondiente con el nombre de pila españolizado). Claro está que con Emilio Salgari no había necesidad de traducción. Carlo Collodi no vale como excepción, por la doble razón de la facilidad de pronunciación y de que es infinitamente más popular el personaje de Pinocho que su autor. Otros autores de este ámbito como Enid Blyton o Astrid Lindgren tienen nombres de pila intraducibles al español, y al mismo tiempo fáciles de articular para un niño e incluso eufónicos en nuestro idioma. En otros casos, sobre todo de colecciones de cuentos de origen popular, lo importante era la obra y no el autor, de modo que era irrelevante adaptar el nombre de éste, sino en todo caso el de los personajes, lo que es perfectamente ortodoxo cuando el nombre del personaje tiene alguna connotación significativa para la narración. Tendría que consultar la enciclopedia para poder afirmar si Charles Perrault es el autor de “Cenicienta”, y desafío a quien no sea especialista a que recuerde el nombre de pila de los Hermanos Grimm (que creo que figuraban así como autores en las portadas de sus libros en español: “Cuentos de los Hermanos Grimmm”).No recuerdo ninguna edición de autores sesudos con el nombre españolizado, salvo la excepción agudamente señalada por Jaime de “Carlos” Marx y “Federico” Engels, que siempre han convivido con los nombres de pila alemanes y cuya españolización creo que se debe, por un lado, a su extraordinaria difusión entre clases con acceso restringido a la lectura y, por otro, a la misma estrategia de familiaridad, en este caso con otro objetivo (recuerdo que también se españolizaba a “José” Stalin).Cosa distinta es el fenómeno, que creo es a lo que se refiere Jaime, de españolizar los nombres de pila de autores extranjeros cuando se refieren a ellos autores españoles. Unamuno creo recordar que era aficionado a este procedimiento, y no sé si también Menéndez Pelayo.Finalizo volviendo a la lieratura infantil. No estoy seguro de que “Hansel y Gretel” sea un cuento recopilado por los hermanos Grimm; pero lo que me llama la atención es que en España sea conocido así y no como “Juanito y Margarita”. ¿Quizá porque sólo se ha popularizado recientemente y por intermedio de películas americanas?Si JAM me postea este tocho habrá dado muestra de una tolerancia extraordinaria. Por si es así, saludos a todos.

11 noviembre 2008 21:18
Federico dijo...

Noto una creciente tendencia a no traducir títulos, también. De niño, en Argentina, vi “La Guerra de las Galaxias”, no “Star Wars”. Y dudo mucho que en televisión hubieran pasado “Desesperate Housewives” (que no puedo pronunciar sin sufrir parálisis facial): daban “El hombre del rifle”. Y Bruce Wyne, además de ser Batman, era Bruno Díaz.Debe haber de todo: algunas prácticas son evidentemente comerciales, porque permiten vender un merchandising único en todo el mundo. Claro que el imperialismo y el comercio siempre fueron de la mano…Algo más: en la lista de títulos de Austral que cita Jaime, la regla parece ser traducir los nombres franceses (y rusos: ya que traslitero, traduzco) y no los ingleses. ¿Razones?Saludos

12 noviembre 2008 12:13
Solitarius dijo...

Jaime se ha apuntado un tanto al tomar el catálogo de la Colección Austral como referencia; pero tengo el pálpito de que la costumbre de españolizar los nombres de pila de los autores era ya arcaizante en esa época de finales de los sesenta, y acaso se arrastraba desde los orígenes de la veterana colección. Alianza Editorial empezó a publicar por esa época “El Libro de Bolsillo” en grandes tiradas y, que yo sepa, nunca españolizó los nombres extranjeros. Ese carácter ya “demodé” podría explicar en parte las incongruencias que el propio Jaime señala en el catálogo de Austral y que aparecen en todos los idiomas, aunque es verdad, como señala Federico, que la regla general es la traducción del nombre en todos ellos, salvo en el inglés, donde la relación norma/excepción se invierte, al igual que ocurre en los libros de no-ficción.En cualquier caso, en unos pocos comentarios estamos ya en condiciones de extraer algunas conclusiones provisionales sobe el asunto inicial planteado por JAM, a saber:1.- La práctica de españolizar los nombres de pila de autores extranjeros puede documentarse al menos hasta finales de los años sesenta del año pasado, aunque acaso ya entonces en retirada.2.- La práctica en cuestión no era uniforme: al menos en su última época, afectaba menos a los nombres ingleses que a los de otros idiomas (seguramente porque ya entonces la potencia de la lengua facilitaba la familiaridad) y a las obras de no ficción que a las de ficción (acaso porque las primeras tenían como destinatario a un público más culto y especializado). En cualquier caso, en todos los campos había excepciones (como Fedor Dostoievsky, por un lado, y “Carlos” Dickens o “Carlos” Marx, por otro).Mi anterior digresión sobre la literatura infantil y juvenil puede haber quedado fuera de lugar por las aportaciones posteriores; pero me resulta tan bonita que me atrevo a seguir sosteniendo que ese campo pudo ser un ámbito residual de resistencia de la práctica españolizadora, por las razones que expuse en su momento.

12 noviembre 2008 18:36
Jaime dijo...

El artículo que postea JAM es de 1888 con lo que se constata que españolizar nombres es una práctica antigua. El catálogo de la colección Austral de Espasa-Calpe nos indica que a finales de la década de los sesenta se seguía haciendo. Austral era una colección de libros a precios populares (hoy decimos libros de bolsillo) de prestigio, junto a Editoria Nacional de la que posteriormente, aún durante la dictadura, nació Alianza Editorial, si no estoy equivocado. O al menos se quedó con parte de los fondos de Editora Nacional. También, como señala solitarius, podemos aceptar que hoy día es una práctica desfasada, y que, como señala federico, la tendencia hoy es la opuesta: no traducir en muchos casos.Quisiera añadir tres fenómenos que entiendo que tienen que ver con la práctica de españolizar nombres o españolear nombres, en un caso, y en otros dos con el sentido inverso: ‘desespañolizarlos’, podríamos decir.1. Al finalizar la dictadura de Franco, ya en democracia, en el tiempo que se conoce como transición, aparecen multitud de artistas, sobre todo en la escena de lo que podríamos llamar el Madrid off y que acabarán formando lo que se llamó La Movida, que cambian de nombre, lo suplantan por una forma extraña muchas veces. Tal vez es un modo de trasgresión por todos los años de españolización oficial. Como una seña de identidad. Nombres. Alaska (Olvido Gara), El Gran Wyoming (José Miguel Monzón), Ouka-Lele (Bárbara Allende Gil de Biedma), El Hortelano (José Alfonso Morera Ortiz), Ceesepe (que es el acrónimo de su nombre y apellido: Carlos Sánchez Pérez), Dis Berlin (Mariano Carrera), etc… Algunos de estos ejemplos están recogidos en wikipedia.2. La cantidad de nombres extranjeros que muchas familias dan desde la democracia a sus hijos: de los Kevin, Vanessa, Jonathan, Desiré, a las Ainhoas, Iratzes, Arantxas, Itziares, Peios. Unos están más influidos por los medios de comunicación y otros por el mito de la belleza de la lengua vasca, que es muy eufónica para los oídos españoles, se me ocurre. Creo que es un práctica común en muchas comunidades: los cubanos que llamaban a sus hijos con nombres rusos -Vladimiro, Leónidas, Ivana, etc- en plena guerra fría o los alemanes que camuflaban su nombre de origen judío o católico por otro más conveniente al Tercer Reich -como señala Víctor Klemperer en su estupendo capítulo “Nombres” (que recomiendo leer) en “La lengua del Tercer Reich” (editorial minúscula)-.3. Por último, hay una costumbre muy local pero también llamativa, entre la afición del Sevilla F.C., y también del Real Betis Balompié, de españolizar nombres extranjeros para que sean comprendidos por la masa y puedan ser jaleados por la grada. Los casos que recuerdo son un lateral escocés que ficharon los del Nervión, Mc Minn, y le llamaban ‘Manolín’, al portero ruso Rinat Dasaev (o también Dasáyev), al que rebajaron a ‘Rafaél’. Y al líbero verdiblanco Faruk Hadzibegic, al que la grada del Benito Villamarín le bautizó como ‘Pepe’.Saludos

12 noviembre 2008 21:05
Solitarius dijo...

Ya sé que queda “off topic”, pero no puedo por menos de rectificar el grave error de Jaime en su última apostilla, ya que no lo hace nadie más.La supuesta relación de Alianza Editorial con la Editora Nacional (organismo público editorial del franquismo, fenecido,para bien o para mal, a fines de los años setenta o prmeros de los ochenta del siglo pasado) es pura y completamente imaginaria. Ni Editora Nacional tenía libros de bolsillo o colecciones populares, ni Alianza Editorial heredó los fondos de aquella, nutridos de “pensadores” de la “intelligentsia” del régimen franquista, junto a algunos clásicos de la filosofía y la ciencia política. ¡Ojalá la Editora Nacional hubiera tenido entre sus autores a Freud, Beckett, Kafka, Hammet, Proust, Borges, Marcuse y tantos otros que empezó a popularizar en España El Libro de Bolsillo, en una época en que el acceso a esos y muchos otros autores era muy difícil en España, y eso para quienes conocían su existencia.La relación genética de Alianza Editorial es con la Revista de Occidente, fundada por Ortega y Gasset, cuyo hijo José Ortega Spottorno, recientemente fallecido, volvió a publicar la revista en 1963, fundó Alianza Editorial en 1966 y, en 1972, PRISA, la empresa editora del diario “El País”, que no vio la luz hasta 1976. Posteriormente Alianza Editorial fue adquirida por el Grupo Anaya.Ya que hemos mencionado a Ortega, elevemos la anécdota a categoría. En estos tiempos de controvertida “recuperación de la memoria histórica”, lo que a mí me asombra es el desconocimiento que las personas que, como Jaime, adquirieron su uso de razón después de la Constitución de 1978 tienen de como fue en realidad (y no en series de televisión buenistas y tontorronas o en películas maniqueas) la historia y la vida cotidiana del franquismo y de la transición. Para no salirme más del tema, no profundizaré en esto; pero sólo ese desconocimiento general explica que pueda decirse que Alianza Editorial fue una especie de hija natural del régimen, afirmación que habrá removido en su tumba al pobre Ortega Spottorno.Por cierto, Jaime, tu memoria infantil te traiciona sobre la leyenda de las monedas franquistas: ni la de cinco duros ni ninguna otra llevaron nunca, que yo sepa, el lema “por el Imperio hacia Dios” (frase falangista, no oficial del régimen), sino “Francisco Franco, Caudillo de España por la Gracia de Dios”; leyenda esta última que permitía un fácil y generalizado chiste, basado en cambiar el artículo determinado por el indeterminado.Perdonad la extensión, pero Alianza Editorial (pronto le siguieron otras empresas culturales del mismo corte) fue mi “alma mater” más que la Universidad.

15 noviembre 2008 19:14
Jaime dijo...

Gracias por tu rectificación, solitarius. Es más razonable lo que tú dices.Volviendo de la categoría a la anécdota, lo raro es que encuentres a alguien de mi edad que sepa que una vez existió Editora Nacional. un saludo

18 noviembre 2008 14:48

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