Schhaunn

 

De los numerosos simulacros que pueblan la ciudad, y aun el interior de nuestros hogares, pocos hay tan nocivos como los schhaunn, emanaciones pútridas de objetos que entran en resonancia con las debilidades humanas.

Penetran los schhaunn por las ventanas de los ojos, e inmediatamente buscan acomodo en las memorias de los hombres. La más leve similitud les hace aferrarse a su hallazgo y a través de él drenan la memoria que lleva aneja, hasta alcanzar sus raíces. Procede su nombre de una raíz islandesa de origen onomatopéyico, que indica ‘sorber, chupar’, con lo que está muy claro qué poderes les atribuyeron los antiguos.

En el alma de los hombres extraviados habitan multitud de schhauun, que perturban sus días y alimentan sus noches. Los más notorios adoptan la forma de rostros bestiales. Pero también están los que sugieren plantas, escrituras, mapas, animales conocidos o —los más terribles de todos— bultos informes.

 

 

Todos los pueblos que conocieron a los schhaunn recomiendan marchar por la calle con la vista baja, mantener en penumbra las habitaciones y jamás mirar de frente al fuego. Hay quienes interpretan estas normas como medidas de decencia, especialmente aplicables a las doncellas, porque es cierto que originariamente fueron ellas las más alertadas contra estos chupadores de formas, que anidaban con gusto en su fresco interior.

El schhaunn es siempre potencia, no acto. Es inexacto, por tanto, decir: en la calle tal, a tal altura, hay un schhaunn; sino, a lo sumo: hay ocasión para un schhaunn.

 

 

Las ciudades antiguas, las obras de los hombres deterioradas por el tiempo son las moradas más propicias a los schhaunn. Los objetos de acero brillante o de plástico son extrañamente refractarios a formarlos, aunque hay casos.

Pero almas atormentadas han visto schhaunn en una pared blanca y sin grietas, en un vaso de agua, o en un cielo azul despejado. Estos duran muy poco.

Las jóvenes, en su inconsciencia, han sido siempre las más responsables de la reproducción de un schhaunn. Basta un simple gesto al acompañante en dirección al agazapado, y la alegre indicación: “¡Qué curioso! ¿No te parece que tiene forma de ***?”, para que un desgraciado dirija hacia el invasor sus canales abiertos.

 

 

 

[Apuntes]

Dicen que quien ha visto un schhaunn ya los ve constantemente.

La imagen pintada o reflejada en un espejo de un schhaunn es también un schhaunn.

La reproducción fotográfica de un schhaunn tiene una virtualidad aún mayor que el schhaunn original. Cuentan de una placa al colodión que logró infectar a toda una escuela.

Hay personas que, deseosos de ver un schhaunn, se han expuesto en multitud de ocasiones y no han conseguido nada. Por razones que no entendemos, son inmunes. Suelen ser célibes y de talante ceñudo.

Un infectado reconocía por doquier la inicial del nombre de su amada: como garabateada en el polvo o insinuada en una fila de hormigas. Otro había ido completando la cartografia del lugar de su muerte, a falta de cuatro o cinco detalles. El día que se los proporcionara una resquebrajadura de la pared, pensaba, sería el de su final.

 

 

Los schhaunn que imitan rostros no tienen expresión: adoptan las del estado de ánimo de su receptor. Las muecas de lujuria o de desprecio que tantos infectados han reportado no son sino eco de los apetitos bestiales de sus portadores.

A pesar de lo que reza la propaganda de videntes y pseudo-especialistas, no es posible librarse de un schhaunn. En wolof se les llama dama bëgg, que significa ‘quiero, quisiera’, porque tienen claro que lo único que pueden hacer es desear el momento en que quedarían libres de él.

 

 

 

Esta obra fue publicada por primera vez en Blank 07 Bestiario sXXI.
Gracias por la propuesta a Santiago Ortiz

[Gracias a François and Jean Robert, Face to Face, Zurich, Lars Müller Publishers, 1996]

 

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Gràcia, 2004
 


Barcelona, 2006


Barcelona, 2005


Barcelona, 2004


Barcelona, 2006


Sarrià, 2006

 

Para la vista

Primera publicación en esta web, 10 de mayo del 2008