La escritura del rostro

José Antonio Millán

 

La galería Jorge Mara de Madrid presentó una muestra magnífica de obras de Michaux en febrero-marzo de 1992

 

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Dibujo mescaliniano (1958-59), tinta china sobre papel, 50 x 27,5 cm

La figura de Henri Michaux —poco conocida del gran público, de obra apenas entrevista en España— aparece con claridad como uno de los escritores de nuestro siglo, y como uno de sus más grandes artistas. Esta confluencia le dota de un carácter único: una aventura espiritual compleja, desarrollada en dos universos herméticos —la pintura, la escritura— que sin embargo en su caso se impregnan mutuamente.

Aunque subterránea, hay una presencia real de Michaux entre nosotros: su encuentro con Borges en 1935, y cómo éste tradujo El bárbaro en Asia "no como un deber sino como un juego"; el hondo texto de Octavio Paz "El príncipe y el clown"; su huella en alguno de nuestros poetas más jóvenes y secretos. Y respecto a su pintura, las huellas o corrientes misteriosas que afloran en un Saura, Genovés o Gordillo.

Media docena de traducciones de sus obras se encuentran (es una forma de hablar) en nuestras librerías. Otras tantas esperan al otro lado del océano, en editoriales hispanoamericanas, de modo que podemos concluir que Michaux-escritor tiene un aceptable grado de presencia en nuestra lengua.

La muestra que permanecerá en la Galería Jorge Mara hasta el finales de marzo —unas cuarenta piezas, sabiamente seleccionadas— y un reciente coloquio en el Instituto Francés deberían ser el punto de arranque de una relación duradera...

La vida en los pliegues

Henri Michaux nació en Namur (Bélgica) en 1899, en una familia burguesa de juristas y arquitectos. Empezó a escribir, en francés, a los 14 años. Le animaba ya un sentimiento espiritual poderoso, que le hizo tender, siempre infructuosamente, hacia la religión, hacia la medicina. A los veinte años se embarcó por primera vez, como marinero. Y viajó mucho al comienzo de su vida: Turquía, Oriente, América... Tenía veinticinco años cuando llevó a cabo sus primeros ensayos gráficos, y ya siguió pintando y escribiendo ininterrumpidamente.

En 1948 murió su mujer, en un accidente doméstico, y no pudo hacer nada, y luego tuvo que escribir un libro, Nosotros dos aún, que retiró nada más aparecer ("Aire del fuego, no supiste jugar. / Arrojaste sobre mi casa una tela negra. ¿Qué es esta opacidad por todas partes?").

A los 55 años inició sus experiencias con la mescalina, que dejaron obras minuciosas, vibrantes, pero sueltas y extrañamente plácidas. Compuso también, y tocaba el piano.

Todos nacemos —escribía en el centro exacto de su vida— "con veintidós pliegues. La cuestión es desplegarlos. La vida del hombre entonces se completa. Bajo esa forma muere. No le resta pliegue alguno por desplegar."

Rostros

Hay pocas fotografías suyas: una de ellas, de autor ignorado, le muestra lejano, irreconocible, al final de lo que parece una colina de detritus. Un escritor argentino, Lysandro Galtier, viajó con él en el año 36 y anota: "no pudimos lograr que consintiese en fotografiarse con nosotros". Michaux afirmaba: "desde hace años he dejado de depender de mis rasgos. Ya no habito esos lugares". Le horrorizaba, además, ser reconocido por las calles. Sólo consintió en aparecer en el catálogo de una exposición en Japón: consideraría improbable una salpicadura de fama tan lejana. (O, tal vez, quiso compensar algunas de sus terribles descripciones de Un bárbaro en Asia, 1933; así, las mujeres: "Una risita tonta y superficial de sirvienta, donde el ojo desaparece como cosido, una vestimenta de jorobada, un peinado complicadísimo").

Y sin embargo, o por eso, "cuando empiezo a extender pintura sobre el lienzo suele aparecer una cabeza monstruosa". Las cabezas, los rostros, están siempre en toda su obra, tanto en la de los años treinta como en la del final de su vida. Y en uno de ellos, de pronto, pudo reconocerse (el inquietante "Autorretrato" que exhibe Jorge Mara, del año 48).

Empuñar un paisaje

Sí: Michaux viajó mucho, y contó lo que había visto; son narraciones de viajes reales, exasperadas hasta el esquematismo, como las de Un bárbaro en Asia, o relatos de lugares y pueblos imaginados, que describe con la tranquila minuciosidad de un antropólogo soñando: los pueblos que visitó son los Magos, los hacs, los emanglones o los meidosems. Cuenta sus costumbres, sus ritos o fiestas, lo que piensan, cómo viven: "Entre las personas que ejercen menudos menesteres, entre el colocador de antorchas, el encantador de escrófulas y el borrador de ruidos, se distingue, por su encanto personal y el de su ocupación, el Pastor de Agua" (En el país de la magia, 1941).

 

 

Escritura (1966), tinta sobre papel, 30,5 x 40 cm [detalle].

La imagen recoge el final de la cuarta hilera de signos (la inferior) que constituyen esta obra. A la derecha, la firma HM.

Una tetilla que sale de una pata

Para un pintor y un escritor anudados, como Michaux, el interés por los ideogramas chinos es algo natural: esa representación sin representación, "deducida por el espíritu" más que leída. En su obra literaria se reconoce la voluntad constante de huir de la "sintaxis atropellada y ordenadora" de nuestras lenguas, para acercarse al ideal del chino: "palabras de una sílaba, y esa sílaba es indecisa". Pero en sus grafismos, que remiten a los erizados signos orientales, aparecen también esas síntesis enloquecidas como la que él descubre al final de la evolución del ideograma chino "elefante": "tiene dos cuernos y una tetilla que sale de una pata".

Michaux creó constantemente signos escriturales: solemnes, dispuestos en hileras, analizables en vagos elementos comunes que remiten a una articulación superior. La mano que los trazó tuvo la crispada concentración unida al aire de rutina con que los hombres plasman sus ideas. Pero es sólo una apariencia. Mirados una segunda vez son todos otra cosa: criaturillas vibrátiles entregadas a algún juego, arañas, personajes. Curiosamente, y quizás para compensar, las estilizadas siluetas que alineó durante los años 50-51 (la serie "Movimientos") carecían de cabeza, de rostro.

En un óleo terminado cerca del final de su vida las figuras son más grandes y por fin se reconocen: son un perro, una liebre, un hombre, un avestruz, una boa, que corren por el desierto, y su huida enloquecida en la dirección de la lectura amenaza dejarnos de pronto ante el espacio desnudo. Michaux murió en 1984.

El acto

Un rito es una acción ejecutada plenamente, a conciencia (frente a la acumulación y el vértigo de los actos cotidianos). Es una acción que remite a algo de fuera de sí misma, aunque no necesariamente algo lejano. El rito crea una temporalidad propia, hace del tiempo en que se inserta un tiempo otro, con frecuencia a través de la repetición. Michaux no es un artista místico, en el sentido enajenado y trascendente que se suele dar al término, sino un artista ritual. Lo que persiguió en su pintura: "ni la huella, ni el gesto: el acto".

En ese acto, la obra de Michaux resulta extrañamente pegada a tierra, material. Del mismo modo que se expresa a través de las texturas (el granulado del papel que surge en el frottage, el borroneado de la línea en sus acuarelas, la tinta que craquea y el papel que se abarquilla en sus tintas chinas), son las texturas de la percepción las que le nutren y conducen. En un cine le sorprende la visión de grupos de conspiradores, muchedumbres (que podemos suponer cercanas a las que pintó en los años 50: agolpamientos, batallas), y Michaux después reconoce la fuente, una migraña: "Los espasmos de las pequeñas arteriolas cerebrales habían suministrado las vibraciones de apariencia emocional [...] Lo físico convertido en psíquico".

¡Lo físico convertido en psíquico! He aquí toda una clave: "Dibujad sin una intención particular, garabatead maquinalmente, aparecen casi siempre sobre el papel rostros", insiste. Pero la pintura no dibuja rostros: es la preprogramación del cerebro humano la que configura rostros a partir del caos. El niño recién nacido reaccionará a la simple imagen de dos puntos oscuros y debajo una insinuación de boca, porque para sobrevivir necesita de los otros. Michaux pintó los otros ocultos. Y lo sabía.

El episodio de la mescalina no es crucial en su vida: llegó a ella tarde... y antes había probado cosas peores. Las acciones rítmicas, continuadas, repetitivas provocan estados alterados (como sabe el monje repetidor de mantras, o la bisbiseadora de rosarios), porque el cerebro libera endorfinas, se droga. Michaux lo sabe muy bien: "la ebriedad más natural de todas, la ebriedad de la repetición, la primera de las drogas". En los millares de hojas, cada una llena de signos alineados, que dibujó para la serie de "Movimientos" no debemos, pues, ver ensayos o entrenamiento, sino la persecución de ese estado particular que permita "gestos, gestos interiores, aquellos para los que no tenemos miembros, sino deseo de miembros" [1].

Como el amputado que intenta en vano hacer uso de su brazo fantasma, Michaux vivió tensiones, impulsos para los que no tenía órgano alguno, y tuvo que desarrollarlo, en incontables ejercicios. El trabajo ritual fue la vía constante, mientras que la misma mescalina fue calificada de "no indispensable". Michaux, osado paladeador de estados de percepción llegó a alcanzar "muchas veces" el estado liminar y fuera-del-objeto recurriendo a la simple atención: "Una ampolla de inofensiva agua destilada si se la llama morfina delante del enfermo pronto le hará dormir un sueño profundo. La atención es mi placebo".

La repetición, la atención, la libertad: el rito. Por eso Michaux se volvió hacia los dibujos de los niños. El niño que llena la hoja de círculos todos iguales y todos diferentes crea, en cada acto de acotar el espacio con una línea, de nuevo, rostros.

[1] Recientemente (1998), he podido ver en Madrid, en el Reina Sofía, la obra, tan próxima en esto a la de Michaux, de Severo Sarduy

[Versión ampliada de lo publicado en El País, el 20 de febrero de 1992] Michaux accesible en castellano

Adversidades, exorcismos, traducción de Jorge Riechmann, Madrid, Poesía/Cátedra, 1988

Un bárbaro en Asia, traducción de Jorge Luis Borges, Barcelona, Tusquets, 1984

Conocimiento por los abismos, traducción de Aurora Bernárdez. Buenos Aires, Sur, 1972

Ecuador, traducción de Francisco Sierra Cristóbal, Barcelona, Tusquets, 1983

En otros lugares, traducción de Julia Escobar, Madrid, Alianza Editorial, 1983

Las grandes pruebas del espíritu, traducción de Francesc Parcerisas, Barcelona, Tusquets, 1985

Henri Michaux (catálogo de la muestra), traducciones de Julia Escobar, Madrid, Galería Jorge Mara, 1993

Miserable milagro, traducción de Jorge Cruz, Caracas, Monte Ávila, 1969

Modos del dormido, modos del que despierta, traducción de José Lasaga, Madrid, Felmar ("La Fontana Literaria"), 1974

Poemas, 1927-1954, selección y traducción de Lysandro Z.D. Galtier, Buenos Aires, Fabril Editora, 1959

Textos, traducción de Eva del Campo, Barcelona, José Olañeta, 1978

La vida en los pliegues, traducción de Víctor Goldstein, Buenos Aires, Librerías Fausto, 1976

 

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