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Hay veces que la utilización
directa de una palabra extranjera sirve tan solo para marcar determinada postura ante el
mundo: "Sí", viene a decir el que la pronuncia, "estoy tan inmerso en el
cosmopolitismo que esta palabra que digo, que adquirí como es obvio en sus fuentes
foráneas, no sé ni cómo se dice en mi lengua, y lo que es más: no me preocupa
averiguarlo...". Naturalmente, en el campo de las nuevas tecnologías, la actitud de
usar directamente palabras inglesas transmite inmediatamente valores positivos:
familiaridad con la zona del mundo donde estas cosas se cuecen (EEUU), rapidez e
inmediatez que impiden indagar (si es que hubiera dónde) si existe un uso equivalente en
español.
Nada nuevo, pues: esto es lo que hacían los elegantes del siglo XIX con el
francés, para señalar su familiaridad con París; ciertos filósofos con el alemán,
etc. El problema no es el caso (por otra parte frecuente), de que el término en cuestión
represente una novedad conceptual y exija una vocablo nuevo. Lo alarmante es la actitud de
quienes ignoran la traducción más elemental.
Por ejemplo, backoffice. En el ámbito del comercio electrónico (perdón: e-commerce)
es una de las palabras más repetidas, porque se refiere a los sistemas automáticos que
respaldan las acciones que acompañan a una transacción: facturación, emisión del
pedido, control de almacén, etc. Ya puede uno tener un sitio de comercio electrónico
excelente --aseguran--, que si falla el backoffice...
Pues bien, en español hay una forma muy sencilla de decir esto mismo. Normalmente
los establecimientos comerciales tienen una interfaz con el público (escaparates,
entrada, mostradores...). Pero más alla de la cortina de separación está la zona donde
el comerciante hace caja, ordena las facturas y hace los pedidos... ¿Recuerdan cómo se
llama este lugar? Apoyémonos en el inglés: back... detrás, tras... office:
oficina, tienda...
¡¡Trastienda!!
¿Por que prácticamente no lo usa nadie?
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