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Pero lo más frecuente es acceder
a la versión HTML, es decir: leer el artículo en una
página web normal. Allí el texto se extenderá en una larga columna que
hay que ir deslizando por la pantalla, y a su lado aparecerá otro tipo de
materiales: publicidad, noticias... (Fig. 4, a la izquierda). En vez de la
fuente típica del diario, la Majerit, ahora hay Arial, una letra de palo seco (sin rasgos),
de la que cada navegador usará su versión. Es decir: la
Arial con la que Firefox presenta el texto no es la misma que la que usa
Chrome, aunque el lector no-profesional puede no darse siquiera cuenta de la
diferencia.

Fig. 5. En el navegador
Chrome la extensión
WhatFont informa
sobre la tipografía empleada. Idéntico servicio presta en
Firefox la extensión
Context Font
En el ordenador o en una tableta, a diferencia del papel,
se puede cambiar el
tamaño del texto. También hay enlaces, que pueden ampliar y complementar
las informaciones. Y por último el lector puede compartir fácilmente lo que
lee a través de las redes sociales o mandándolo por correo electrónico. Antes de la Web
uno podría igualmente usar una lupa para leer el diario con mayor comodidad,
levantarse del sillón para ampliar un dato en una enciclopedia, o leerle a
un amigo un fragmento del artículo por teléfono, pero hay que reconocer que
estos procedimientos resultaban más trabajosos que los de hoy.

Fig. 6. En la Web, el artículo aparece con enlaces y la
posibilidad
de comentarlo en las redes sociales.
Porque ahora estamos en el dominio del texto digital, que
ya no son manchas de tinta sobre una página (Fig. 1), ni siquiera la imagen de esas
manchas en una pantalla (Fig. 3): es un texto que, por primera vez, es
independiente de una tipografía o de un tamaño de letra concreto. Es un
texto que las máquinas pueden leer (y en el que por tanto se pueden hacer
búsquedas) y que los usuarios pueden reenviar. Es un texto también que las
máquinas pueden transformar: las personas con deficiencias visuales usarán
programas que conviertan esta sucesión de letras digitales en una lectura en
voz alta.

Fig. 7. Al hacer clic se escuchará el primer párrafo,
sintetizado
por el servicio
vozMe.
Si el lector es usuario de aplicaciones como Pocket o
Instapaper, cuando encuentra un artículo en la Web puede hacer clic en
un botón de su navegador que dice: “Lo
leo luego”. El texto pasa entonces a unos servidores remotos, y a partir
de ahí se
puede descargar en cualquier dispositivo, para su lectura posterior off
line. En una tableta o teléfono la aplicación presenta el texto limpio
de publicidad y otras distracciones.

Fig. 8. Presentación de la primera página del artículo en
Instapaper para iPad.
Obsérvese que el nombre del autor ha desaparecido: ¿bug de Instapaper
o defecto del HTML original de El País? Compárese la limpieza
de esta presentación con la original en la Web (Fig. 4, arriba a la
izquierda)
Instapaper además permitirá cambiar el color de fondo, el
ancho de la caja de texto, el tamaño de letra o
la fuente tipográfica. En el menú de tipos de letra están, por ejemplo, la Georgia o
la Verdana, ambas creación de Matthew Carter (véase el despiece
más abajo).

Fig. 9. En Instapaper, menú para
escoger tipografía, color de fondo, tamaño de texto,
interlineado y anchura de la caja (atributos del texto), y brillo de la
pantalla.
En el contexto de una aplicación concreta, el
texto digital se puede comunicar también con otros servicios, como
enciclopedias o diccionarios. Hemos hablado de estas posibilidades en el
artículo "El diccionario oculto".

Fig. 10. Acceso directo desde un término al diccionario,
en Instapaper para iPad.
Sí: el
puro texto digital, libre de las ataduras de la maqueta o la tipografía es
una sustancia maleable, que accede a servicios complementarios, fluye a través de las redes y puede acabar
prácticamente en cualquier sitio… excepto cuando se lo impide el DRM o
protección anticopia (que es mayoritaria en los e-books legales).
Y por supuesto, uno de los más curiosos puntos de llegada
de artículos o incluso libros enteros es el teléfono móvil, en su variante
de smart phone, o "télefono avanzado".

Fig. 11. Este mismo artículo en la pantalla de un iPhone
también a través de Instapaper
Y la mínima expresión de un texto es el tuit, en el que
sólo figurará alguna breve indicación sobre su contenido y la dirección Web
que permitirá llegar a él, para que todo el proceso vuelva a empezar...

Fig. 12. El primer paso de la creación de un tuit
desde la página web del artículo
Volvamos al principio: teníamos, pues, un artículo que se puede leer en un
periódico que prácticamente nos envuelve, o en la pantalla de un teléfono
móvil, cincuenta veces menor. ¿Podemos seguir pensando que es lo mismo?

Fig. 12. El móvil con el artículo en pantalla
sobre el diario desplegado, para facilitar la comparación.
Sí: la secuencia de letras es la misma en el diario
impreso y en el teléfono (aunque en diferente tipografía), pero ¿transmiten
lo mismo? Hay que recordar aquí las palabras de Juan Ramón Jiménez, que fue
no sólo poeta, sino también editor, y que llegó a comprarse una fuente
especial para que sus libros usaran un tipo de letra que nadie más
utilizara: “En edición diferente los libros dicen cosa distinta”. Conque,
¿cómo no van a variar, trasvasados a medios tan diversos?
La materialidad del soporte tradicional (el libro, el
periódico, la
revista) proporciona informaciones, basadas en una práctica editorial y
lectora de muchas décadas, que están ausentes del mundo de las pantallas.
Por ejemplo, cuando éste artículo apareció en el suplemento Babelia de El
País ocupaba integramente la doble página central del cuadernillo, con
una ilustración a gran tamaño y sin publicidad ni otros contenidos ajenos
(Fig. 12). Esta puesta en página indica la importancia que la redacción del
suplemento ha otorgado al escrito. Pero cuando se accede al mismo en un ordenador o tableta
es imposible percibir esto (Fig. 4). En general, un texto al que se llega
por la Web o en un e-reader suele tener menor
información sobre su editor, el género al que pertenece o el público al que
va destinado. Sí: se están creando nuevos códigos para el medio digital,
pero aún no tienen carácter general.
Además, el libro o el artículo en papel transmiten
a priori cuál es su longitud, lo que tiene un efecto evidente sobre las
expectativas lectoras (lo empiezo ya, lo guardo para la noche, lo reservo
para las vacaciones…). Como éste es un dato de interés para la gestión del
tiempo, algunas webs ya indican al principio de cada texto una estimación de
cuánto se invertirá en leerlo.

Fig. 13. Indicación de tiempo estimado de lectura en un
post.
Con el editor WordPress se puede conseguir que aparezca
automáticamente en cada texto a
través de un plugin.
En papel, en el curso de la lectura podemos
palpar cuánta obra nos queda respecto a lo ya leído. Para emularlo, los
programas de lectura digital tienen un esquema que señala grosso modo por
dónde vamos. No son servidumbres digitales respecto a un modelo prestigioso,
el libro en papel, sino imperativos de lo que podríamos llamar "ergonomía de
la lectura".

Fig. 14. La página de Instapaper lleva a su pie un
indicador:
ya hemos pasado la mitad del artículo.
Pero, ¡ay!, la lectura digital ya no es un acción
solitaria: cuando leemos en pantalla siempre hay alguien que atisba por
encima del hombro. Por un lado, quien pertenezca a una red social debe
sobrellevar la transparencia de sus actos: cuando sus amigos entren en
ciertas webs podrán saber qué es lo que recomienda de ellas (supuestamente,
tras haberlo leído). Y en algunos e-readers, como Kindle, se pueden
hacer públicos los fragmentos subrayados y anotados. Pero aparte de
estas cesiones voluntarias de la intimidad, hay sistemas automáticos que
monitorizan las lecturas: un clic en la web de un periódico se comunicará a
veinte o treinta servicios distintos, relacionados con publicidad y
márketing.

Fig. 15. El complemento
Collusion para Firefox. Al llamar a una página de El País
la visita se comunica a 32 sitios diferentes. Para saber más sobre los
grandes agregadores de datos.
Las aplicaciones que permiten dejar de leer en un
dispositivo y reanudar la lectura en otro, así como los programas
incorporados a los e-readers,
saben qué se lee y qué no, y qué palabras se buscan en el texto.
Cualquiera que viva bajo regímenes con control ideológico conoce los
peligros potenciales de esa situación. Claro que a veces la monitorización
del comportamiento lector tiene efectos positivos: cuando Barnes & Noble vio
en
los datos de su e-reader Nook que la gente abandonaba los libros largos
de no-ficción se decidió a lanzar ensayos breves. De hecho, los lectores
digitales están leyendo obras en formatos que antes no existían (el
reportaje largo o la novela corta), por la sencilla razón de que no tenían
fácil encaje en el mercado de obras en papel.
Una de las características de las obras en pantalla es la
posibilidad de combinar los textos con imagen en movimiento, gráficos
interactivos, sonido, geolocalización y por supuesto con acceso a otros
textos a través de hiperenlaces. Esto ha dado lugar a un concepto nuevo (en
realidad, redescubierto) que son los libros enriquecidos o
aumentados. El mundo del libro ya pasó por esta fiebre hace años: en la
década de 1990 aparecieron multitud de obras en CD-ROM que pretendían
enriquecer clásicos literarios o ensayos actuales con ayuda de estos
materiales multimedia. Hoy en día existen aplicaciones para tabletas o
teléfonos que proponen lo mismo. Hay muchos casos en que la conexión a un
mapa o a una estadística en forma de gráfico son un complemento eficaz de la
lectura, pero ver a un actor vestido de época pasear por el Londres de
Sherlock Holmes como presentación de los cuentos de Conan Doyle puede añadir
muy poco a su comprensión (Fig. 16). En el terreno de las obras infantiles o
científicas se han conseguido resultados brillantes, así como en guías
turísticas, pero en otros terrenos lo que hay son versiones costosas (de
desarrollar y de comprar) de obras que no necesitan estos aditamentos.

Fig. 16. Video de
The Sherlock Holmes Experience, de Vook.
¿Han aportado las ediciones digitales algo
cualitativamente nuevo a la mecánica de la lectura, a ese recorrer con los
ojos letras agrupadas en bloques de texto? Algunas aplicaciones en pantalla
presentan en vez de páginas una única columna, o reformatean el texto según
el tamaño de letra para presentarlas en una única página, como los
e-readers, y eso puede ser problemático: muchas personas tienen memoria
espacial de la lectura, y recuerdan que tal dato estaba precisamente en la
página de la izquierda, arriba. En un e-reader un cambio de tamaño de
letra variará la localización de un fragmento, y hasta el número de página
en que se encuentra (con grave problema para referirse a él). Hay propuestas
más radicales, pero no tienen mucha utilidad: la versión para teléfono de
Instapaper permite que la larga columna del texto
se vaya deslizando sola por la pantalla, con velocidad dependiente de la
inclinación que se imprima al aparato. Otros programas han intentado crear
un flujo de palabras aisladas que aparecen y desaparecen una a una en la
pantalla, lo que tampoco es práctico, dado que los lectores normales captan
varias palabras en una sola fijación de los ojos.
La lectura ha pasado de la exclusividad del papel a una
proliferación de soportes (aunque, no nos engañemos, el impreso sigue siendo
predominante desde el punto de vista estadístico). ¿Cuál será el siguiente
paso? Podría tal vez venir ligado a lo que se llama realidad aumentada: a
través de artefactos como
las nuevas gafas que está desarrollando Google, textos e imágenes se
pueden superponer sobre elementos del paisaje o de nuestras ciudades. Así,
sobre la fachada de un edificio leeremos la entrada enciclopédica que narra
su historia, o se nos dibujará sobre una llanura el gráfico de la batalla
que transcurrió en ella hace siglos. Sí; seguiremos leyendo en papel, cada
vez más en pantallas, y seguiremos leyendo letras, pero estas se nos
aparecerán en lugares impensados.

La
técnica y el arte de las letras
¿Qué tienen en común un periódico, una
noticia en la Web, un libro en un Kindle, un cuento en un teléfono móvil y
la información que proyectan sobre un edificio unas gafas de realidad
aumentada? Que todas utilizan letras.
Aunque sus fundamentos están en la
escritura manuscrita de hace seis siglos, la tipografía, la técnica y arte
de diseñar letras y componer textos, presenta una notable continuidad a lo
largo de su historia, y la obra del especialista suizo
Max Caflish (1916-2004) es clave para apreciarlo. Análisis
tipográficos contiene casi cincuenta ensayos que abarcan desde los
calígrafos de principios del siglo XV hasta los ordenadores, pasando por los
creadores de letras para la imprenta gutenberguiana y quienes los adaptaron
para linotipia. No es una historia propiamente dicha, porque no sigue un
orden cronológico, pero cada uno de los ensayos (dedicados a un creador o a
una tipografía) contiene cuanto hace falta para integrarlos en una
tradición.
Así, el dedicado a la
letra Poetica debe remontarse al manuscrito de las cancillerías, o la
Galliard de
Matthew Carter comienza por la tipografía renacentista en donde surgió.
A propósito: Carter tiene una biografía profesional de las que resumen un
oficio. Se inició grabando los puzones que hacen las matrices para letras de
la imprenta de tipos móviles. Luego creó la Galliard para fotocomposición, y
por último es el responsable, por encargo de Microsoft, de las fuentes
Verdana y Georgia, diseñadas para una buena legibilidad en pantalla. Lástima
que Caflisch, muerto antes de la aparición de estas fuentes, no llegara a
analizarlas…
Análisis tipográficos
ilustra muy bien los procesos por los que los modernos tipógrafos se fueron
apropiando de las letras de sus antecesores, fotografiándolas y
ampliándolas, o redibujándolas a mano, y retocándolas con los programas que
muy tempranamente permitieron trabajar con letras. Entre los apasionantes
relatos de los desafíos y logros que abordaron los tipógrafos están la
creación de la letra Lexicon para diccionarios (gran legibilidad a pequeño
tamaño), o la Swift para periódicos (legible incluso en impresiones
defectuosas sobre papeles porosos). Este volumen en tapa dura, preciosamente
editado, tiene numerosas ilustraciones e incluye unas ya infrecuentes
láminas desplegables. Además, supone todo un viaje metatipográfico: cada
capítulo está compuesto en la tipografía sobre la que versa.
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Max Caflisch, Análisis tipográficos.
Estudios sobre la historia de la tipografía. Campgràfic. Valencia. 2012,
534 págs.
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