| ... Y véase wetware |
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La aparición de una manera
alternativa de existencia y de acción la virtualidad ha
tenido el efecto paradójico de reforzar las formas de referencia al mundo, vamos: al
mundo-mundo, al verdadero, al de siempre.
Una primera forma de indicar que no estamos hablando de relaciones o
transacciones o conocimientos a través de la pantalla es decir que suceden en el mundo
real. Por ejemplo (si la conversación va de librerías virtuales): "Fulano tiene
también una librería en el mundo real". O si la cosa va de chateo: "Pues una
vez hablé con Mengano dos horas, en el mundo real".
Este uso viene calcado del inglés in real world, que el ansia
reduccionista de los hablantes de la variante americana de esta lengua han convertido por
supuesto en siglas: IRW. See you IRW, "te veré en el mundo real", se
puede escribir, tras concertar una cita en un café con alguien con quien sólo se ha
comunicado por correo electrónico.
Referente a los negocios, hay una forma más material de hablar de la realidad. Lo
opuesto a un e-business (o negocio electrónico) sería el brick and mortar
business, es decir, el construido con ladrillo y cemento. La expresión ha cundido
mucho (en inglés), agravada por el hecho, progresivamente reconocido, de que los grandes e-business
tienen detrás todavía mas grandes dependencias brick and mortar (por ejemplo,
Amazon, con unos almacenes que están entre los mayores de EEUU). En español no he visto
todavía ninguna acuñación estable que lo traduzca. Por úlrimo, los negocios mixtos se
llaman de click and brick.
Pero en el tema en el que estas expresiones rozan ya el cinismo es en las
relaciones personales. La última forma de denominar al mundo real donde se encuentra la
gente es (nada más y nada menos) que el meatspace, el "espacio de
carne", en oposición a cyberspace, o ciberespacio.
¡El meatspace! Cada vez que lo leo me da la impresión de que hablan de
una carnicería. Quien ha creado este término debe ser sin duda un enemigo del género
humano, un adicto impenitente a las e-relaciones. Particularmente, creo descubrir en esta
denominación la misma consideración despectiva hacia nuestra humilde realidad biológica
que la que mostraban los robots en el cuento de Stanislaw Lem. Sí: ellos, los mecanismos
racionales nos llamaban a nosotros, animales racionales, "la pastota". |