Culebrón de turno

12 noviembre 2010 9:09

Hay comienzos que ya le titulan a uno el trabajo:

ME ACUSAN POR DINERO, LOS R. SE QUITAN LA CARETA
Y LOS L. SE LA PONEN

(CULEBRÓN DE TURNO) Capítulo #1

Así rezaba un gigantesco cartel que a finales del siglo pasado se podía ver pegado en una de esas cajas metálicas pintadas de verde que en muchas de nuestras calles esconden arcanos complejos de conductores eléctricos o cables de control semafórico. Y seguía:

A QUIEN PUEDA INTERESAR:

¡Fantástico! He aquí una “Flor de caja de registro” que hace explícito el pacto básico del género: el texto se ofrece, no con la obligatoriedad de lectura que posee el decreto o el bando municipal, sino dejado al más abierto de los impulsos: el interés (pariente cercano de la curiosidad). La formula es antigua, y suele preceder a denuncias y declaraciones quizás de ámbito privado, pero que pueden no carecer de importancia para otros.

El texto corre en decenas de larguísimas y apretadas líneas (la cita inmediata, por ejemplo, se extiende a lo largo tan solo dos líneas). Aunque el cartel ha sido sin duda compuesto e impreso en una imprenta, se han dejado aparentemente a la autora todas las decisiones sobre caja y cuerpo de letra, así como la corrección, y el resultado es difícilmente legible y abundante en errores ortotipográficos y de puntuación (que he enmendado en mis transcripciones):

La historia empieza cuando a los dieciocho años de edad, después de haber sido golpeada por mi padre al haber llegado a casa de madrugada, ya que estuve con mi, por entonces, novio Eugenio R. decidí fugarme. Lo hice a los pocos meses. Me fui, primero, a París, donde él vivía y luego vine a Barcelona.

“La historia empieza”… Se nos ha prometido un culebrón, y eso tenemos desde el principio: malos tratos, novios, fugas… El núcleo —ya es hora de decirlo— es un conflicto de herencias, de mezquindades y de desgracias. La narradora y protagonista sufre las insidias de sus dos ramas familiares, los R. y los L. (que yo he velado púdicamente con sus iniciales, igual que ella vela el apellido de su antiguo novio, “Eugenio R.”). Es sabido que el nombre de culebrón alude a la longitud de estos relatos televisivos, repartidos en infinidad de entregas, pero sin embargo aquí tenemos un solo (y extenso) capítulo, al que no sabemos si seguirá alguno más…

Los hechos son simples: a la muerte del padre, la madre le propone un arreglo sobre la herencia, que la narradora acepta apresuradamente, por circunstancias difíciles de su pareja. Cuando quiere retomar el control de su capital, aparecen las dificultades:

[…] sólo sirvió para que al ver mi afán de información sobre mi patrimonio me pusieran una demanda de incapacitación ante el Juzgado de familia acusándome de paranoia y luego me ocultaran las cartas que llegaban del juzgado para que yo fuera declarada en rebeldía.

A todo esto, van apareciendo por doquier tragedias cotidianas: cánceres, una amputación, un perro enfermo, problemas con la bebida:

El hecho que desde hace casi 5 años consumo un poco más de alcohol de la norma, lo que no me ha impedido hasta ahora realizar lo comentado ni tomar decisiones, les hizo creer que tenían el caso ganado.

La narradora es culta; sabremos a lo largo del texto que tiene estudios universitarios, en la rama de psicología precisamente. No carece de ironía (como demuestra al calificar su propia vida de “Culebrón”). Ha vivido en diversos países, y parece dominar perfectamente el mecanismo legal en el que está inserta (o por lo menos, maneja con soltura su vocabulario):

Mi intención era ejercitar la venta de la plena de mi patrimonio y transaccionar en la manera legal mi nuda y sus indivisos a mi madre.

Prosigue la narración de hechos dudosos: denuncias de los familiares, traición de la abogada… Claramente el relato se propone poner del lado de la narradora al transeúnte lector, que es presumible que sea vecino de la misma ciudad en la que viven sus familiares. La autora, por su parte, aprovecha para execrar a los suyos:

Reniego de mi familia de origen; si no cambio mis apellidos, como también es mi intención, es porque no estoy segura de que me dejen disponer del tiempo legal para hacerlo. Estoy muy jodida sabiendo que los que han arruinado mi vida, mis parientes primer grado, lo han hecho por dinero.

Hemos tenido que esperar a siete líneas del final para que aflore, entre hojarasca legal y manso relato de desdichas, toda la ira acumulada: “Estoy muy jodida”.
Y el documento concluye elevando el tono tipográficamente con la negrita:

Y para que conste firmo la presente, en plenas facultades y uso de mi albedrío, este registro de mis voluntades antes de que mis derechos civiles me sean usurpados por intereses económicos de los que creía actuaban de buena fe. Barcelona a 28 de septiembre de 1999. Montserrat R.L., DNI ********. Firmado [ilegible]

¡“Y para que conste”! ¿Para que conste ante quién? ¿Ante el apresurado transeúnte que sale del supermercado vecino? ¿Ante el empleado de limpiezas que en veinticuatro horas arrancará el cartel? ¿Ante la Historia? Montserrat, como muchos otros, cree en la fuerza del testimonio: lo emite, lo cierra con su nombre y los apellidos infames (los únicos que tiene), el número del DNI (que le otorga carta de existencia legal) y por fin el garabato de su firma.

soporte: papel
tamaño: tal vez 80 cm de ancho
medio: composición
reproducción: imprenta
fijación: pegado sobre la caja metálica de algún servicio eléctrico
lugar: Barcelona, Carrer d’en Xuclàs junto Pintor Fortuny
fecha: 15 de octubre de 1999 (es decir, dos semanas después de la fecha en que está firmado)
agradecimientos: A Rafael Millán por el tratamiento y montaje de mis fotografías parciales en un conjunto legible
publicación primera En la versión en libro de esta sección, 2006


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