Trikini

28 febrero 2012 11:11

Las falsas segmentaciones son un fenómeno corriente en la lengua, y ya hemos hablado de ellas a propósito de precuela.

La formación de trikini a partir de bikini es otro bonito ejemplo. Tras la explosión atómica de 1956 en el atolón de Bikini, el fabricante francés de ropa interior Louis Reard creó un traje de baño de dos piezas, al que dio ese nombre (sin duda por considerarlo un invento explosivo, aunque hay quien dice que inspirado en la vestimenta de las nativas del atolón). Lo que ocurrió luego lo cuenta el gran William Safire:

Dieciocho años después el diseñador austriaco Rudi Gernreich interpretó el bi de bikini como ‘dos’ e introdujo el monokini: uno abajo, ninguno arriba.

Lexicógrafos lascivos [¿un pleonasmo para Safire?] han estudiado -kini como un formante popular. El trikini apareció brevemente in 1967, definido como ”un pañuelo y dos pequeñas copas”.

Hay que advertir que la tríada de componentes de trikini ha experimentado diversas variaciones: cuando era pequeño, un compañero de clase me susurró que se trataba de zapatillas, gafas de sol y sombrero (!); ahora alude también a un dos piezas, o bikini, cuyos componentes están unidos por una tirilla sobre el vientre.

El artículo de bikini de la Wikipedia en inglés (por cierto, muy bien provisto de datos) recoge otros compuestos de -kini, como seekini (bikini transparente), tankini, camikini y hikini.

Pero la cosa no acaba ahí. Resulta que el sandwich de jamón y queso, llamado mixto en Madrid, recibe en Cataluña el nombre de bikini, por el nombre de una sala de fiestas fundada en Barcelona pocos años después de la explosión atómica en el atolón epónimo, donde empezó a servirse. Es palabra que se utiliza tanto en el español de Cataluña como en catalán, según se ve en el Diccionari de Enciclopedia Catalana:

biquini. [indum] Vestit de bany femení que consta d’un eslip i uns sostenidors.

biquini. [alim] Entrepà calent de pernil dolç i formatge fet amb pa de motlle.

Sin embargo, la acepción alimenticia no se encuentra en todos los diccionarios de la lengua española: no está ni en el DRAE, ni en Clave, aunque sí en Vox y en el DEA de Manuel Seco, aunque en ninguno de los dos se indica el área geográfica en que se usa.

Pues bien, en un bar de mi barrio barcelonés leí (y luego capturé) el cartel de la foto superior. Tal parece que el bi del bikini 2 ha experimentado también la falsa segmentación. A mis preguntas, el camarero me aclaró que se trataba, efectivamente, de un sándwich de tres componentes: un bikini más huevo. Una pequeña investigación me confirmó que hay otras variantes de tres ingredientes, como aclara esta útil página sobre Bread in Catalonia and Spain:

Available in almost any bar in Catalunya, a Bikini is the name given to a toasted sandwich containing melted queso manchego or processed cheese and jamón dulce . This name is not used in Madrid , where I once got some very funny looks for asking for one; there, it turns out that it’s called a combinado . There are occasional variations on the theme; the most interesting involving a specially cut round hole in the upper slice to accommodate the yolk of a fried egg. A trikini also has sobresada.

Y para quien se haya quedado con hambre, he aquí el enlace a un post que coescribimos hace años un servidor, Alberto Gómez Font y varios contribuyentes, “Alrededor del sandwich“…

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Hijos de la flauta

15 enero 2012 17:17

De vez en cuando, una palabra se descompone, y una de sus partes empieza a funcionar para formar otras. Estos días estamos presenciando un fenómeno curioso. En un principio estuvieron los perroflautas, denominación sinecdóquica de una tribu urbana por los elementos que les caracterizaban. Pues bien: la parte final de la palabra, flauta, parece haberse convertido en identificador de un grupo como protestatario, “indignado” o similar. Esto en sí mismo es raro, porque los perroflautas si algo no eran es rebeldes contra el sistema, pero bueno: las palabras se contaminan por los contextos en que aparecen, y a veces acaban significando algo lejano. Ahí está el caso de patera, inicialmente ‘embarcación’ y luego, ‘lugar donde se hacinan inmigrantes’.

En castellano y en catalán yayo/iaio es una denominación familiar y cariñosa para abuelo, y a su vez abuelo también ha pasado a significar ‘persona de edad’. Pues bien: un grupo de personas mayores, con o sin nietos, y por supuesto sin flautas ni perros, pero luchadores por sus derechos contra el cierre de centros de salud, han escogido el nombre yayoflauta/iaioflauta para definirse. Arriba vemos una de sus manifestaciones en las que convive la denominación con dos iconos gráficos de la modernidad internetera: el hashtag o sostenido de las etiquetas de Twitter y la @ del correo electrónico. Tienen incluso un sitio web: http://www.iaioflautas.org.


(entrevista en Intervíu)

Por cierto, el activismo político de las personas de edad ha dado otras muestras de creatividad lingüística: en 1991 concurrió a las elecciones españolas el partido Panteras Grises. La denominación nació en realidad en EE.UU. en 1970, como Gray Panthers, claro juego de palabras (por las canas) con el movimiento negro Black Panthers

Había archivado la denominacion de yayoflauta como una curiosidad más, cuando la protesta de la policía autonómica catalana, los Mossos d’Escuadra me ha sorprendido en Twitter con este hashtag: “#mossoflautas“.

¿Habrá otros casos de utilización de -flauta para expresar rebelión o disconformidad? Agradeceré a los lectores que me notifiquen si se encuentran con alguno…

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Lingüistas en la creación de marcas

29 octubre 2011 13:13

En la revista New Yorker (aunque por desgracia por línea sólo se accede a un resumen) he leído un bonito artículo titulado “Famous Names. Does it matter what a product is called?“, por John Colapinto (October 3, 2011).

El artículo trata sobre Lexicon, una empresa dedicada al naming, o creación de marcas para productos. No hablamos de logotipos (las imágenes que las identifican), sino de palabras, esas que, como ocurre con kleenex o aspirina, pueden acabar convirtiéndose en nombres comunes para un tipo de productos. Del naming (en español se llama directamente así, lo que, vistas otras acuñaciones, no parece repugnar a la lengua de hoy) ya hemos hablado en otro post, que incluso mencionaba a la misma empresa.

Pues bien: el artículo de Colapinto se centra mucho en el método de trabajo. A mí, particularmente, lo que me ha llamado la atención es la profesionalidad con la que está abordada esta tarea en Estados Unidos. Al fin y al cabo, ellos, inventores de la mercadotecnia contemporánea, saben bien el valor de una marca. El caso es que tienen dos lingüistas fijos, y otros setenta y siete eventuales, repartidos por todo el mundo (para las resonancias no queridas de una marca en otras lenguas, véase lo que pasó con el Mitsubishi Pajero).

El método de trabajo es partir de mapas mentales que resumen las características que se quieren resaltar del producto, y a partir de ahí se trabaja con propuestas: palabras existentes, u otras creadas ad hoc. Lo que parece tener gran importancia son las connotaciones de los términos elegidos. Blackberry (‘mora’ en inglés) contiene el color negro, black, que se asocia con la tecnología. Pero lleva implícito también un chiste visual: los botones del aparato recuerdan al apiñamiento de las frutas polidrupas. Como ejemplo de término inventado, tenemos Pentium, formado con la terminación latina -ium (como en sodium) y la raíz griega de cinco (era la quinta generación de procesadores de Intel). Las marcas no sólo bautizan cosas existentes, sino que las traen a la vida conceptual: Pentium fue el primer procesador con nombre propio en vez de número…

Lexicon trabaja con métodos etnográficos (grupos de usuarios a los que se exponen los nuevos términos), pero también manejan metodologías depuradas, como cambiar al producto de categoría, para explorar mejor las connotaciones de un nombre: “Si Pentium fuera un nuevo modelo de coche, ¿cómo sería?”.

Pero lo mejor ha sido, ya digo, comprobar que los lingüistas sirven para algo…

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Teléfonos “digitales”

21 mayo 2011 19:19

Llevo unos días atrapado en uno de los infiernos contemporáneos más comunes: la operación de cambiar en un caso, y conseguir nuevo en otro, teléfonos móviles para mis hijos. Por fortuna, la horrible experiencia, consumidora de horas y de paciencias, ha albergado en su seno dos aspectos benéficos. El primero ha sido comprobar que el mal trato e ignorancia de Movistar no está reservado en exclusiva para sus clientes, como yo pensaba: he visto cómo lo sufría también el personal de sus propias tiendas cuando llamaba a la central en demanda de ayuda. Bueno: siempre es un consuelo…

El segundo ha sido escuchar a una clienta entrada en años pedir: “Un teléfono, pero no de esos digitales [aquí hacía el gesto de quien opera en una pantalla táctil], sino de teclas”. ¡Maravilloso!: como es sabido, digital viene de dígito, ‘dedo’, pero tiene dos acepciones. La primera (y más antigua) es ‘relativo al dedo’, como en “huellas digitales”; pero la más frecuente en la actualidad es la que se opone a analógico, es decir, algo así como “basado en señales discretas, según la teoría de la información“. Una extensión de esta última es el amplísimo uso de digital como sinónimo de informático o de “propio de las tecnologías de la información”.

Mi (involuntaria) informante había tomado, en este mundo de iPhones, iPads e iPods que se accionan con el dedo sobre la pantalla, digital en el primer sentido, que le parecía venir como anillo al dedo. Había hecho algo así como una “etimología popular culta”, y por cierto, bien bonita…

Al revisar el DRAE para ver cómo andaban las definiciones de estas cosas, me ha sorprendido la pobreza de su situación actual (en esencia, idéntica a la que denuncié en mi artículo del 2004, “Los términos informáticos en el Diccionario de la Academia”). Digital sigue siendo:

1. adj. Perteneciente o relativo a los dedos.

2. adj. Referente a los números dígitos y en particular a los instrumentos de medida que la expresan con ellos. Reloj digital.

¡Y nada más! La cosa es grave, cuando comprobamos (gracias a DIRAE) que el adjetivo aparece en su acepción hoy más corriente (y ausente del diccionario) en otros artículos, como digitalizar: “Registrar datos en forma digital” (!). En fin… Véase lo que decía sobre ambas palabras hace ya siete años.

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El bowdelizador que bowdlerice…

10 enero 2011 11:11

Hace poco salió a la luz la noticia de que en una obra de Mark Twain se iban a suprimir expresiones presuntamente racistas.

En la versión inglesa de esta noticia, una palabra me llamó la atención:

Being an iconic classic, however, hasn’t protected “Adventures of Huckleberry Finn” from being banned, bowdlerized and bleeped. It hasn’t protected the novel from being cleaned up, updated and “improved.”

El verbo to bowdlerize (‘censurar una obra literaria’) se usa en honor de Thomas Bowdler, quien creó una edición de las obras de Shakespeare notablemente dulcificada.

Las derivaciones a partir de un nombre propio (de una figura histórica o de ficción)  son frecuentes en español: onanismo, chauvinista, rocambolesco, aunque la mayoría son sustantivos. Verbos hay menos: donjuanear.

Mi pregunta es: ¿qué figura de la cultura en lengua española merecería dar lugar a  un verbo que indicara la acción de censurar una obra?

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La década sin nombre

28 noviembre 2010 14:14

¿Cómo llamaremos a la década que se acaba? La anterior fue la de “los [años] noventa”, la anterior a ésta la de “los ochenta”, y así hasta los “años veinte”. Pero ¿el espacio comprendido entre el 2000 y el 2010?

Rebecca Mead se lo ha planteado en New Yorker: hubo la propuesta de llamarlo “las oes” , “los ceros”, o incluso “la primera década del siglo XXI”.

En español funciona bien la denominación “comienzos” o “principios de siglo”, pero es muy genérica y no alude a una década. Cuando hacia el 2070 se hable, por ejemplo, de la música de estos días probablemente no haya más remedio que decir “a principios de siglo triunfó el acid pop indie“  (o cualquier cosa por el estilo).

Pero hay que tener en cuenta que estas denominaciones, breves o largas, son estrictamente contextuales. Hablábamos de “los años 20″ cuando no había ninguna duda de que se referían a 1920-29, pero dentro de unos años se referirán al 2020-29…

Me han contado, y no tengo motivos para creer que es falso, que en una biblioteca o archivo (donde se catalogan documentos) hubo que colgar este cartel:

OJO: “el siglo pasado” es el siglo XIX

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Locávoros

19 septiembre 2010 12:12

La palabra me sorprendió por primera vez en un precioso libro de viajes, Contra el cambio, de Martín Caparrós. Un locávoro sería la persona que come sobre todo alimentos de producción local, cultivados o criados en proximidad.

Aparentemente, la palabra viene del inglés locavore, atestiguado por primera vez en el 2005, según el Merriam-Webster.

El término ha pasado también al francés, locavore, cuyo útil Wiktionnarie nos dice que fue elegida palabra del año 2007 en el New Oxford American Dictionary. Precisa también que fue un grupo de cuatro mujeres quien empezó el movimiento que lleva ese nombre en el 2005 en el área de la bahía de San Francisco. Registra la variante localvore.

Hay muchos compuestos del latín -voro: carnívoro, herbívoro, omnívoro, insectívoro, frugívoro… El sentido es siempre “alguien que come…” la primera parte del compuesto, incluso en sentido figurado: fumívoro: “Se dice de los hornos y chimeneas en que se produce una combustión completa, sin salida de humo”. Muchas de estas palabras son comunes a distintas lenguas de cultura, aunque con adaptaciones fonéticas y graficas: cf. el italiano onnivoro.

¿Y locavore? El inglés actual se caracteriza por su tranquilidad a la hora de acuñar nuevos compuestos, que en seguida se exportan (ahí está el caso de paralímpico). De local y -vore, locavore, pronunciado con acento en la primera sílaba. En español, donde estos compuestos son siempre esdrújulos, ha dado locávoro, quizas más pronunciable que locálvoro (que tiene sólo 8 presencias en Google).

Pero el inglés también ha dado localtarian (a imitación de vegetarian), y ya hay un puñadito de localtarianos paseándose por las webs españolas.

¿Es bueno ser locávoro o locatariano? Probablemente sí, porque uno le ahorra al planeta los costes en aumento de CO2 y el gasto de combustibles fósiles del transporte, aunque Martín Caparrós recuerda cómo los kiwis importados a Inglaterra resultaron ser menos ecológicamente dañinos que los locales (a pesar del transporte), porque habían sido cultivados con muchos menos fertilizantes químicos.

Es duro ser un ciudadano consciente hoy en día…

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Inging

14 septiembre 2010 21:21

Imagen de previsualización de YouTube

A nadie se le habrá escapado en los últimos tiempos la aparición periodística del balconing, ese nieto del puenting [y sobrino de las máquinas de vending Véase abajo comentario de Solitarius].

Esta unión contra natura de una raíz española y la terminacion de gerundio inglés, ¿habrá dado lugar a más engendros, perdón: palabras? Por el momento he recopilado estas tres…

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Y los turigrinitos…

31 agosto 2010 18:18

Este verano me ha sobresaltado un nuevo hallazgo léxico: turigrino, híbrido de turista y peregrino, que se aplica al que realiza el Camino de Santiago como turismo barato, y no guiado por la fe.

Ya hemos visto por aquí otros casos de palabras-maleta, incluso en topónimos, o nombres de lugar.

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Cómo los llamamos y cómo se llaman

17 junio 2010 10:10

Al tratar de los nombres de ciudades, lenguas, grupos humanos, etc., conviene distinguir entre la forma en que se llaman a sí mismos y la forma en que les llaman otros. Los habitantes de la ciudad de Londres la llaman London, mientras que los que viven en Alemania se refieren a ella como Deutschland. Llamamos al primer término de estos ejemplos exónimo, del griego ἔξω, éxō, “fuera” y ὄνομα, ónoma, “nombre”, y al segundo, endónimo, de ἔνδον, éndon, “dentro”. Las diferencias entre unos y otros son toda una lección de historia (la Wikipedia en inglés tiene un útil artículo sobre el tema: Exonym and endonym).

La cosa se complica con los gentilicios que se refieren a conjuntos supranacionales: en España es habitual referirse a los hispanohablantes de América con el nombre de hispanoamericanos. Pero uno rara vez oye en México o en Argentina hablar de “nosotros, los hispanoamericanos”. ¿Cómo se llaman a sí mismos los naturales de países donde se habla español? La útil web Cosas de la lengua (cuya mención en este blog debía hace tiempo) ha propuesto una encuesta sobre el endónimo colectivo de los hispanohablantes.

Las 12.000 y pico respuestas recibidas son una buena muestra, de la que se obtiene la respuesta unánime: en América, se usa latinoamericano, y en España hispanoamericano.

Y con más detalle sobre América:

La respuesta a la primera pregunta («Elija el gentilicio con el que se siente inmediatamente identificado») es concluyente: latinoamericano. En los países en que predomina latinoamericano como opción mayoritaria, el segundo gentilicio elegido es sudamericano. Y en los países centroamericanos, que seleccionaron en primer lugar centroamericano, la segunda opción fue latinoamericano.

En cambio, en Colombia y México, que también prefieren latinoamericano en primer lugar, el segundo seleccionado es hispanoamericano. En el resto de los países americanos este gentilicio aparece muy débilmente en la segunda respuesta y es el más votado en la tercera. Sin embargo, en Estados Unidos ocupa la primera posición (50 %) en la segunda respuesta.

Y sobre España:

Los españoles se inclinan mayoritariamente por el gentilicio hispanoamericano a la hora de nombrar a los hispanohablantes americanos: 47,11 % en la primera respuesta; 29,05 % en la segunda; y 25,73 % en la tercera. Pero eligen latinoamericano como segunda opción: 30,17 % en la primera; 26.97 % en la segunda; y 21.58 %, en la tercera. En tercer lugar y a considerable distancia de los anteriores, aparece sudamericano. Y aquí ha de hacerse una aclaración. En el lenguaje coloquial, el gentilicio sudamericano devino «sudaca» (como bocadillo en bocata; cubalibre en cubata; o tocadiscos en tocata), aunque con un cierto tono despectivo [sobre estos derivados].

Yo creo que la extensión de latinoamericano en España ha sido cosa de los últimos años, precisamente por seguir el uso mayoritario de los naturales de esos países. Cuando yo era pequeño jamás lo habría escuchado de labios de españoles. Dice Magí Camps, atento observador de la lengua desde las páginas de La Vanguardia:

También los españoles que han respondido la pregunta prefieren hispanoamericano en primer lugar. Pero por mucho que en este lado del Atlántico nos parezca este término más preciso, en La Vanguardia hace lustros que empleamos latinoamericano a instancias del corresponsal en México. La argumentación de Joaquim Ibarz es demoledora, y la macroencuesta de Cosasdelalengua.es así lo refrenda: “Si ellos se llaman latinoamericanos, quiénes somos nosotros para cambiarles el nombre”.

Lo curioso es que el actual endónimo latinoamericano parece tratarse de un galicismo, introducido por motivos políticos, y no carece de problemas. La consulta del corpus de la Academia, CORDE, no me ha sacado de dudas respecto a cuándo se difunde su utilización en América.

La postura del secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española, Humberto López Morales, también en Cosas de lengua, tiene las cosas claras:

«Hispanoamérica» es el término adecuado para referirse al conjunto de países americanos que hablan español; se trata de una comunidad político-lingüística en la que nuestra lengua posee rango nacional y oficial (aunque unas pocas constituciones no lo especifiquen expresamente). Algunas de estas naciones, además del español, poseen otra lengua oficial, pero son minoría: el guaraní en Paraguay y el inglés en Puerto Rico.

También la palabra «Iberoamérica» está semánticamente bien delimitada; hace referencia a los países de aquel continente que hablan lenguas ibero-románicas. Aquí, dejando aparte el español, solo se da el caso del portugués, de manera que se habla de Iberoamérica cuando se quiere incluir a Brasil.

«Latinoamérica», en cambio, palabra inventada por los franceses hace ya varias décadas, tiene un contenido semántico algo confuso. Se supone que vaya dirigida a las naciones de América que hablan una lengua neolatina, francés incluido, naturalmente. Pero si sobre el mapa lingüístico del continente se hace una revisión del término, además de Iberoamérica, nos encontraríamos obligados a incluir al Canadá francófono, a la Guayana francesa, a Haití y a las islas antillanas que también hablan esa lengua. No se sabe bien qué utilidad pueda tener un término tan pintoresco como este. Porque la realidad es que no hace, ni puede hacer, alusión al conjunto de todos los países situados al sur de los Estados Unidos, ya que algunos de ellos, más ciertos ‘territorios’, hablan lenguas con orígenes ajenos al latín: holandés, inglés y una serie de criollos.

Para complicarlo todo, está el término hispano, como explica Gerardo Piña-Rosales en director de la Academia Norteamericana de la Lengua Española en la misma web, más la propuesta de un neologismo:

Sabemos que el término «hispano» se utiliza particularmente en los Estados Unidos, y no así en España ni en Latinoamérica. Lo que ocurre que muchos de esos llamados «hispanos», aunque sean de origen hispánico no hablan español. Por otra parte, en EEUU se está usando cada vez el voquible «latino» como equivalente a «hispano», lo cual no es incorrecto, pero deja fuera a los portugueses, franceses, italianos, etc., y eso me parece una incongruencia. También es verdad que hay una tendencia a usar «latino» para personas de origen hispano pero que se expresan únicamente en inglés. Para aclarar un tanto esa difusa nomenclatura se me ocurrió el vocablo «hispanounidense», que describe a las personas cuya lengua materna es el español y son residentes de la Unión Americana. Al parecer, el término ha tenido éxito, y ya se ha comenzado a usar en artículos, ponencias, etc. Todo dependerá de que el pueblo, que es quien, al fin y al cabo, hace la lengua, lo adopte.

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