El fin del “camarada” en China

12 junio 2010 13:13

El término camarada proviene del latín camara (primero ‘bóveda’, como su antecedente griego, y luego ‘habitación’), y apareció en castellano en el siglo XVI. Si los  que comparten el pan son compañeros, los que viven en un mismo aposento serán camaradas. Esta palabra se extendió al francés: camérade, inglés: comrade, alemán: Kamerad.

Su uso social como expresion de igualitarismo tiene sus orígenes en el siglo XIX. En ruso se adoptó a finales de ese siglo la forma tovarich, de tovar, ‘mercancía’, que originariamente aludía a ‘compañeros de negocios o viajes’. Y el partido nacionalista chino Kuomingtang puso en boga a principios del XX el término tongzhi, literalmente ‘[gente con] el mismo espíritu, meta, etc.’. (La Wikipedia inglesa presenta un buen resumen bajo Comrade).

El término se extendió en los años 30 por igual entre el fascismo alemán (Ich hatt’ einen Kameraden) y el falangismo español (Yo tenía un camarada), entre el comunismo ruso y el chino.

En Alemania su uso cesó tras el la caída del nazismo. En España, tras la victoria de Franco, pervivió mientras los falangistas dominaron en el aparato del Estado. Una aparición novelesca del término lo tenemos en Si te dicen que caí, de Juan Marsé, cuyo protagonista se dirige a un falangista como “camarada Imperial”; pero luego desapareció del todo.

En Rusia se mantuvo, con uso decreciente, mientras existió la Unión Soviética. China es el único lugar en el que seguía teniendo una cierta utilización, pero, como recoge La Vanguardia: ahora China dice adiós a la palabra ‘camarada’. El término había ido cayendo paulatinamente en desuso, pero aún se mantenía, por ejemplo en la forma en que los conductores de autobús se dirigían al público, y a hora este último uso ha sido abolido.

Pero como dice el mismo periódico:

En la última década, sin embargo, ha aparecido como palabra de uso corriente en el argot juvenil porque significa homosexual. Esta utilización tiene su origen en el hecho de que los dos caracteres que definen el término camarada son los mismos que significan homosexual. Su popularidad se extendió por toda la comunidad gay a partir de que empezara a ser utilizada por el cineasta Lin Yihua en Hong Kong. Esta definición no se reconoce de forma oficial, pero con el tiempo ha ido ganando adeptos entre la población más joven de China.

Este uso proviene de los años 90, como se ve en el artículo Tongzhi de Wikipedia.

Y aquí termina por el momento la historia de una palabra griega, que amplía su significado en latín, y cuyo derivado español triunfa en varias lenguas, teniendo un periodo de auge cuando los grandes movimientos políticos del siglo XX, para luego ser adaptado en ruso y chino y extenderse, y caer por fin en el olvido en el siglo XXI, salvo un rescate postrero por parte de la jerga de una comunidad específica. Bonito recorrido, ¿no?

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“En el nombre de Alá…”

14 febrero 2010 8:08

Interesante cuestión la que plantea una lectora de La Vanguardia:

me sorprendió que en la [entrevista] realizada al teólogo islámico Nazar Abu Zayd (16 enero) Víctor Amela dijese: ´Las obligaciones del buen musulmán consisten en creer que no hay más Dios que Dios (Alá), rezar cinco veces al día, ayunar cuando toca y ser caritativo´. Alá es la castellanización de la palabra árabe Allah,que significa en árabe dios,y por tanto resulta incorrecto usar Alá en español para referirse al dios de los musulmanes, que es el mismo de cristianos y judíos, pues equivale a decir que el dios de los cristianos holandeses o ingleses es God,o que el de los franceses es Dieu”.

Debo confesar que a mí siempre me ha parecido extraño este uso de “Alá”, que creo que tiende a exotizar, y por tanto alejar las creencias religiosas islámicas. Además es curioso ver los contextos en los que aparece: véase este uso en un artículo sobre seguridad en los aeropuertos.

“Prefiero que me desnuden aquí, a que me hagan pedazos en el aire”. Es evidente que la sentencia la firmaríamos todos, con la excepción de estos mártires de Alá que se la tienen jurada a ese mundo de infieles que es Occidente.

En general no habría problema en sustituir siempre Alá por Dios, como se puede comprobar en esta noticia:

“El Corán es claro: no hay obligación en la religión. ¿Un imán? Es un kafir [término empleado en el islam para designar aquellas personas que niegan a Alá o al profeta]“, prosigue antes de transcribir una oración en árabe dedicada a la supuesta víctima. [...]

Otro opina que es lamentable a lo que se ha llegado, por parte de “una familia que emigra de un país islámico a un país en que el islam es el eterno enemigo” y a que “una mujer desobedezca a Alá”, agrega.

A esto se agrega el hecho de que, como señala el responsable lingüístico de La Vanguardia Magí Camps, los cristianos árabes llaman Alá a Dios. Tan es así que han sido los integristas musulmanes de Malasia quienes han reaccionado con violencia ante este uso.

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Del oficio de tragar, y feliz 2010

24 diciembre 2009 9:09

(Montaje sobre un cartel fotografiado en Guadalajara, México)

Aparte de que me haya parecido pertinente para las fechas que corren, el nombre de la asociación me ha despertado algunas reflexiones. Supongo (y si no es así, me encantaría que alguien me sacara de mi error) que tragón es, en el español de México, una palabra del registro coloquial, como ocurre en España.

Me ha parecido que dar a la asociación “Tragones anónimos” un nombre que utiliza la palabra común, en vez de la técnica, ayuda a su difusión. Si se hubiera llamado, por ejemplo, “Bulímicos anónimos”, habría gente que no sabría de qué se trata.

Y dicho esto, felices fiestas a los lectores del blog, y hasta algún momento de enero…

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El Candidato Melancólico en Argentina

14 octubre 2009 16:16

Mi libro El candidato melancólico se ha puesto esta semana a la venta en Argentina, comercializado por las Ediciones del Nuevo Extremo.

La obra, que da nombre a este blog, es un bonito libro (qué voy a decir yo…) sobre etimología, es decir, el origen de las palabras. ¡Incluso figura en él la etimología de etimología!

Venciendo mi natural modestia, voy a obrar “a la norteamericana”, extractando algunas de las críticas aparecidas sobre él:

Este libro constituye un magnífico ejemplo de la necesaria y meritoria tarea consistente en divulgar los conocimientos sobre el lenguaje y hacerlos más accesibles a un público medio que, pertrechado de una buena base de cultura general, carezca no obstante de formación técnica especializada en lingüística (Carlos Folgar, Revista de Filología).

El lector atento topará a cada página con este tipo de asociaciones chocantes muy próximas a la poesía. Millán sobresale a la hora de construir un discurso cohesionado a partir de la información genética que llevan inscritas las palabras en el ADN. Su trabajo profundiza en los genes de la lengua castellana. Los tesoros ocultos de las palabras aparecen por la vía etimológica en lugares insospechados. Así, descubrimos que en un rebuzno se oculta el antepasado latín de la bocina (buccina: trompeta). O que la relación entre hígados e higos proviene del hecho que en latín iércur ficatum era el hígado del animal alimentado con higos. La sociedad europea es cada vez más multilingüe. Por eso Millán enfatiza la relación de las palabras castellanas con otras catalanas, gallegas, vascas, francesas, italianas, inglesas o indias. Interesante es también el recorrido por las procelosas aguas de la corrección que Millán efectúa en el capítulo “Mejor no lo digo” (Màrius Serra).

El volumen, en suma, constituye un repaso original y divertido a la historia de 700 palabras del español (Alberto Rivas, Punto y coma).

No es un libro sobre política lánguida, como el título podría hacer pensar, sino sobre el origen de las palabras, sus viajes, sus transformaciones, sus cambios de sentido. Geniales los capítulos dedicados a los eufemismos, a los avatares de la palabra albóndiga, a los diminutivos. Apasionante también la aventura de nombrar el retrete a través de los siglos (cagatorio, letrina, necesaria, común, excusado, tocador, water, sanitario, cuartito, inodoro, lavabo, aseo, servicios…), signo de la vitalidad de una lengua a la que se le quedan enseguida viejas las palabras (Pedro de Miguel).

Un libro ameno y asequible, sin renunciar al rigor lingüístico, a cuyo término el lector “se sabrá un eslabón vivo de esa cadena de siglos que en cada momento hace que nos entendamos y que a cada momento pone los cimientos del cambio…” (Miguel A. Román, Libro de notas).

La historia de cientos de palabras en un libro ameno de un gran divulgador (Magí Camps, La Vanguardia).

Sólo cabe añadir que aquí se puede leer la introducción y el primer capítulo. Y que el lector que quiera medir sus conocimientos etimológicos tiene ahí algunas pruebas, que fueron concursos en su día.

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Nombres y marcas

24 mayo 2009 16:16

El 13 de mayo publicó El País un suplemento sobre marcas. En las páginas 12/13 hay un artículo sobre las marcas que se han convertido en nombres comunes de un producto. Palabras muy usadas para aludir a un tipo de producto como bimbo, albal, kleenex, tampax, jacuzzi o galleta María resultan ser marcas registradas.

La razón, claro está, es que cuando estos productos se introdujeron en el mercado no tenían un nombre genérico, y la primera marca en popularizarse se extendió hasta abarcar cualquiera de las modalidades, en un proceso de sinécdoque.

Recuerdo, hace años, anuncios destinados a devolver las cosas a su sitio, bajo la forma: “Sólo es X si lleva la marcaX”; aunque, bien pensado, ¿qué mayor homenaje cabe a una marca que convertirla en designador universal de un producto?

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Porteños y otros gentilicios

26 abril 2009 13:13

Con motivo de mi visita a la preciosa ciudad de Valparaíso (Chile), me enteré de que sus habitantes se conocen como porteños, lo que dio lugar a un aprovechosa disquisición con mi anfitrión, LIM, cuyos detalles resumo a continuación.

Yo conocía, como todo el mundo, la denominación de porteños para los habitantes de Buenos Aires (mientras que bonaerenses se reserva para quienes viven en la provincia del mismo nombre). Pero además de estos dos lugares, muchos otros están habitados por porteños. La Academia dice que este nombre alude a los naturales “de algunas de las ciudades de España y América en las que hay puerto”. Concretamente:

Buenos Aires, capital de la Argentina

Valparaíso, ciudad de Chile

Puerto Carreño, ciudad de Colombia

Puerto Cabello o de Puerto La Cruz, ciudades de Venezuela

Puntarenas, ciudad de Costa Rica

Sin embargo, el DRAE no cita otros notables porteños, los habitantes del:

Puerto de Santa María (Cádiz, España).

Puerto de Sagunto (Valencia, España).

Si en un caso como éste el gentilicio sirve más bien de confusión que para aclarar, en otras ocasiones tiene una gran especificidad:

Santiago de Chile: santiaguino.

Santiago de Compostela (La Coruña, Galicia, España): compostelano.

Santiago de Cuba: santiaguero.

Santiago de la Puebla (Salamanca, Castilla y León, España): santiagués.

(Fuente: la lista de gentilicios de la Wikipedia).

Para diferenciarse, estos derivados de un mismo antropónimo hecho topónimo han apelado a la rica morfología de derivación de la lengua española (santiagu -ino / -ero / -és). Y también a otro recurso típico de los gentilicios: usar la segunda parte de un nombre compuesto (compostelano).

¿Conocen los lectores otros casos de gentilicios comunes a varios lugares, o bien de recursos de diferenciación a partir de un mismo topónimo?

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¿La “lectora de e-books”?

01 febrero 2009 17:17

La expresión e-book en inglés y libro electrónico en español son ambiguas: se pueden referir tanto al artefacto electrónico como a la propia obra en formato digital. Esta peculiaridad proviene de la propia palabra libro, que también puede aludir tanto al contenido como al continente (en el comienzo de este artículo presento la ambigüedad).

Ahora que ya hay varias marcas de dispositivos lectores a la venta en España, y que habrá más, y que en formato de libro electrónico está hasta García Marquez, podemos pensar si la situación puede aclararse. Por ejemplo, dejando “libro electrónico” para la obra y “lector” para la máquina (como los franceses: lecteur de livres électroniques).

O ¿por qué no usar “lectora”?

Los artefactos que nos ayudan en el hogar suelen tener género femenino: la lavadora, la secadora, la nevera, la batidora, … La razón (digo yo) es que se sobreentiende “máquina”: “la máquina de lavar”. En algún caso son masculinos (como el microondas), pero es porque se sobreentiende “horno”. Por otra parte, ya existe lector como artefacto, en el sentido de “lector de CDs”. ¿Por qué no especializar entonces lectora para los dispositivos dotados de pantalla que permiten leer libros?

Me encantará oír las opiniones de los lectores.

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Hombre-anuncio

12 octubre 2008 17:17

El diario El Mundo del pasado viernes refleja la prohibición por parte del alcalde de Madrid de las personas que llevan mensajes publicitarios por las calles. El diario yuxtapone muy oportunamente la imagen de uno de estos hombres-anuncio cutres y prohibidos con los hombres-anuncio de lujo, también conocidos como “deportistas de élite”, y que suelen ir hechos un cromo.

La formación hombre-anuncio merece alguna reflexión. Y nada mejor que citar un párrafo de la obra que da nombre a este blog:

Otro procedimiento para crear una nueva palabra es unir dos distintas, como hombre-rana u hombre-lobo, según se dedique respectivamente a bucear o a aullar las noches de luna llena. Es un procedimiento muy vivo, que voy a ejemplificar con un caso reciente. Patera es ‘embarcación pequeña’, pero hoy en día se aplica especialmente a la ‘embarcación que llega a las costas españolas cargada de inmigrantes clandestinos’. Pues bien: al ingenio de algún periodista se le ha ocurrido acuñar la expresión piso-patera (que se ve con o sin guión), para indicar la ‘vivienda en la que se hacinan los inmigrantes’ (cap. 13).

Hombre-anuncio está vigente hace décadas, aunque hacia los años 20 y 30 del pasado siglo era más frecuente llamarles hombres-sandwich (calco del inglés sandwich-man, como se ve en esta ilustración de una obra de 1922).

¿Qué otros ejemplos de palabras compuestas formadas por dos sustantivos recuerda el lector?


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Perroflauta(s)

30 septiembre 2008 11:11

Desde hace unos años llevo viendo por distintas ciudades españolas grupos de jóvenes de ambos sexos caracterizados por 1) indumentaria desaliñada compuesta por lo general por leotardos y camisetas, 2) pelo en rastas, 3) extremada delgadez, 4) compañía de numerosos perros, 5) representaciones públicas de malabares y tañido de flautas, por las que piden dinero.

Bueno: sin llegar a posiciones fuertes sapir-whorfianas, sí que tengo que decir que me tranquiliza mucho conocer el nombre de las cosas, y de hecho no poder nombrar a esta tribu urbana que no se ajustaba exactamente a ninguna de las que conocía en el presente (siniestros, punkis) o en el pasado (hippies) me provocaba cierta desazón.

Y en esas estaba cuando de golpe oí o leí la palabra perroflauta para hacer referencia a estas gentes y, tras laboriosa investigación (consistente en meter la palabra en diversos buscadores) descubrí que estaba bastante extendida. Se usa también perroflautas incuso en singular: “un perroflautas”.

El mecanismo lingüístico de formación es bien conocido: es la sinécdoque, o selección de una parte por el todo (como cuando se llama trencilla al árbitro de fútbol, o tricornio a un guardia civil). En este caso son dos los elementos típicos que se han seleccionado y con ellos se ha formado un nuevo compuesto. La palabra parece funcionar como sustantivo y como adjetivo (“llevaba una camiseta perroflauta”), aunque también se ven los derivados perroflautístico y perroflautero.

Tiene gracia, para alguien de mi edad, reencontrar en las descripciones y valoraciones de los perroflautas (¡qué placer poder llamarles de alguna manera!) algunos de los tópicos que treinta años atrás se dirigían contra los hippies. Aquí van algunos enlaces sobre el tema: en la Frikipedia, en un foro, en un blog (y léanse los comentarios)…

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Frikis

16 agosto 2008 14:14


Escribe Iván:

La adaptación de la palabra “freak” al castellano ha dado lugar a “friki”. Pero no se si “friki” debería escribirlo con k o con q, “friqui”.

Dado tus conocimientos sobre etimología, me gustaría que me orientases sobre el tema, ya que sería de gran ayuda para el trabajo.

Bueno, Iván: la k aparece en sólo un centenar de palabras españolas, muchas de ellas compuestas de kilo-, y el resto préstamos de lenguas donde esa letra es más común (de márketing a okapi, pasando por kiosco). Eso significa que si queremos españolizarla por completo deberíamos escribir friqui, pero si preferimos que conserve el sabor de su origen, deberíamos optar por friki.

Si buscamos ambas palabras en Google, veremos que friqui(s) no llega a las 265.000 apariciones, mientras que friki(s) está en los 7 millones y pico (ambos resultados agrupan webs en castellano y catalán), de modo que en el plebiscito popular ya vemos, cómo van las cosas. Teniendo en cuenta la distancia que va del ingés freak a la españolización friki, yo diría que los hispanoescribientes han optado a propósito por mantener la huella de origen, bajo la forma de esta letra exótica.

Y además, friki es más friqui.

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