La noche del eclipse

04 marzo 2007 9:09


En la noche de ayer, mientras observaba el precioso eclipse de luna y me ejercitaba en las difíciles artes de la fotografía astronómica (véase la muestra), me vinieron a la mente imágenes que no tenían mucho que ver con los cuerpos celestes.

La redacción de la entrada de ayer sobre el canon de las bibliotecas me había llevado a leer la pieza de José Luis Sampedro, y algo en ese proceso me activó el centro de la memoria relacionado con ellas, de modo que estuve parte del día de ayer (y de la noche) recordando, a veces involuntariamente, las muchas bibliotecas por las que he pasado.

La primera de todas, en Valdepeñas (lugar en el que pasé unos años de la infancia): recuerdo cómo mi madre me llevó a la biblioteca, me presentó a su encargada y, tras mencionarle algunos libros que había leído cuando tenía mi edad, me dejó librado a mi curiosidad y a los buenos oficios de la bibliotecaria. Iba una tarde a la semana (¿los jueves?) y ahí leí muchísimo.

Mi segundo recuerdo es en los años 70, cuando de la mano de mi carnet universitario pude entrar en la Biblioteca Nacional de Madrid, y en la de la sección filológica del Consejo Superior de Invetigaciones Científicas de Duque de Medinaceli. En la primera de ellas leí la trilogía de Asimov, Fundación, no sin despertar la suspicacia de los empleados, que insistían en que no se podían leer “novelas”. “¡Señor mío!”, creo recordar que dije, “es para un trabajo de curso sobre la Utopía de la asignatura de Antropología Filosófica!”. “Ah, bueno…!”, me respondió, pero en sus ojillos sabios de empleado antiguo pude ver que quedaba prendida una chispa de duda…

En el Consejo me leí todas las novelas de los Siglos de Oro, una tras otra, y fue por lo siguiente: nuestro profesor, Juan Manuel Rozas (qué maravilla la Wikipedia, que ha permitido crearle una entrada), había señalado la existencia en una obra de un escritor a caballo entre el XVI y el XVII de un curioso vocabulario teatral (cambaleo, bululú, etc.) y había propuesto como trabajo de curso averiguar si eran usos específicos del autor, o si eran palabras de uso más extendido. No se me podrá acusar de enemigo de los textos digitales, esa revolución, pero entonces no los había, y siempre bendeciré esa circunstancia, que me obligó a leerme, uno tras otro, incontables libros, rastreando esas palabras… y de paso encontrando muchas otras, por serendipia.

Una circunstancia de las bibliotecas del Consejo era el empecinamiento funcionarial en hacerme rellenar (a mí, que iba diariamente) cada vez, para pedir cada libro, una ficha completa con todos mis datos. Vivía entonces en la calle Infanta María Teresa, de larguísima escritura, y recuerdo que escogí entre mis domicilios anteriores el de calle más breve, y, así, fue la calle Huesca la que figuró en todas mis fichas…

Y me pararé aquí, por el momento.

Uno de los agravios que siento ante el canon por préstamo de libros es como autor. Durante años, uno de mis placeres al publicar un libro era no sólo verlo en las librerías, sino pensar que esperaría a otros lectores en bibliotecas de pueblo, de barrio o de universidad. Esto era parte del pacto implícito entre el autor y el Estado, el sistema, o llámese como se quiera: que mis libros quedarían gratuitamente a disposición de quien quisiera leerlos. Es un abuso romper ese pacto unilateralmente, ni aunque el dinero del canon lo pague directamente el Estado, en vez del lector (hasta ahí podíamos llegar…).

Uno de los problemas de estos cánones (y pienso también en el que grava los dispositivos idóneos para la copia no autorizada) es su carácter estadístico, en las trampas sinecdóquicas que plantea
:
“hay gente que copia, luego que paguen todos los que podrían copiar.. ya calcularemos cuánto”. Con este canon bibliotecario propongo un acuerdo: los autores que editamos antes de su existencia podremos ser leídos gratuitamente, sin ninguna contraprestación. Quienes publiquen a partir de ahora, que digan claramente si quieren percibir dinero por el préstamo de sus libros.

Parece justo, ¿no?

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Un comentario

José Antonio Millán dijo...

No conocía la página de la campaña europea contra el canon de bibliotecas. Es italiana (España e Italia han sido los dos países multados con la Comunidad por este tema). Y aquí está cómo resume la campaña en España.

04 marzo 2007 13:12

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