“Como heredar una renta vitalicia”

09 mayo 2012 10:10

#lectura

Publicar a James Michener y John O’Hara, que escribían best-sellers con regularidad, fue como heredar una renta vitalicia. Todas las editoriales importantes contaban con tres o cuatro escritores famosos como éstos que producían continuamente best-sellers. Pero los cimientos sólidos –el capital acumulado– en que se apoyaban los editores eran los libros de sus catálogos que se vendían año tras año. Eran estos títulos los que proclamaban la fortaleza económica de un sello y su prestigio cultural: una fuente de orgullo que compensaban de sobra a los propietarios y a sus empleados por los beneficios mínimos y los sueldos bajos característicos del sector.

(Jason Epstein, 1898 2002)
Recopilación de José Antonio Sánchez Paso

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En una mirada atrás

30 marzo 2012 9:09

#editorial

Lea el final del post sobre la génesis de este texto

En una mirada atrás

Había soñado con un mundo en el que cualquier libro, editado en cualquier momento, pudiera estar disponible en cualquier lugar; en el que se mantuviera la justa retribución de autores y editores, pero abriendo sin cortapisas la difusión de las obras en el dominio público o las que sus autores quisieran legar al futuro. Un mundo en el que los libros fueran arquetipos platónicos que se encarnaran en tiradas, en impresos bajo demanda, en dispositivos dedicados o en aparatos de amplio espectro, bajo la forma más conveniente para el lector. Un mundo en el que los libros se consiguieran en las librerías, llegaran por correo, bajaran del éter a nuestros aparatos, o se retiraran calientes, recién hechos, de distintos establecimientos (empezando por las librerías). Un mundo en el que la cultura fluyera y la tecnología permitiera el diálogo lectores/autor, el de editor/lectores y el de lectores entre sí. Un mundo en el que autores y editores tuvieran, y compartieran, completa información sobre el destino de sus libros. Un mundo en el que se pudieran crear y difundir libros hechos a la medida de una persona o de un colectivo, para sus propósitos particulares. Un mundo en el que la producción editorial de cualquier país en español se difundiera sin fronteras entre los países hispanohablantes, y en el que en general cualquier obra creada en cualquier país pudiera llegar a cualquier parte. Un mundo en el que las propuestas editoriales minoritarias encontraran su nicho. Un mundo en el que los autores pudieran escoger contactar directamente con su público y en el que el público pudiera en ese caso recompensar directamente al autor. Un mundo en el que nuevos agentes de recomendación y filtrado guiaran a un público ávido entre una oferta cada vez más rica.

Había soñado un mundo así, y creí que la digitalización del proceso editorial podría proporcionarlo: la digitalización de las obras, claro, pero también la de los mecanismos que las llevan hasta el público. Por creerlo así, desde el lejano comienzo de mi sitio web me dediqué a explorar esos temas, y por eso desde hace ya once años fui sistematizando mis indagaciones en un blog.

Se habían previsto problemas en ese proceso, claro, y todos y cada uno fueron haciendo su entrada: irrupción de poderosos agentes de fuera del sector editorial español, lenta y escasa adaptación de los operadores locales a una revolución digital ajena, mantenimiento de las fronteras para las obras, barreras a la comunicación de libros entre los lectores, digitalizaciones reprivatizadoras de obras en el dominio público por parte de la Administración, dispositivos que encadenan las obras compradas, nuevos canales cuasimonopolísticos de adquisición y lectura de libros…

Sería injusto no señalar igualmente que mientras tanto se ponían gratuitamente en la Red cientos de miles de obras, que aumentaban los sistemas de contacto entre lectores (mediante clubs de lectura y similares), que algunos autores y editores empezaban a gestionar bien la relación con su público…

Pero el saldo general no me parece satisfactorio, y tampoco me parecen positivas las tendencias que se apuntan, como la destrucción de un sistema que funcionaba, aunque imperfectamente (librerías, ciertas editoriales), para ser sustituidas por el ascenso de conglomerados prácticamente monopolísticos desde el punto de vista empresarial y tecnológico. Puede ser que estemos entre las convulsiones de una época que está alumbrando algo diferente, pero algunos rasgos de este nuevo mundo son más bien para echarnos a temblar.

Resulta que la Sargento Margaret de la Patrulla de salvación me pidió que respondiera a unas preguntas relacionadas con esto de la edición, y cualquiera se niega…

Bien: me negué. Al día siguiente, y con la certeza de ser obedecidos que tienen los que han cursado la carrera de armas, me indicó la conveniencia de deponer mi actitud. No quise un tercer aviso, y empuñé la pluma. No sé cómo, en vez de contestar a lo preguntado, me encontré recordando el estado de ánimo que me había llevado, hace ya años, a ocuparme de estas cosas. Y el texto que salió, de carrerilla, fue éste.

Ayer lo publicó la Patrulla, abriendo una serie bajo el sugestivo título de “La transición ¿lampedusiana? del libro”. Seguirán las respuestas al cuestionario que han dado mis colegas Silvano Gozzer (Anatomía de la edición), Arantxa Mellado (Actualidad Editorial) y Fernando García (Sin Tinta, El País).

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“El responsable de los errores”

21 marzo 2012 11:11

#calidad

El 16 de junio de 1911 la Bibliographie de la France, periódico oficial de editores y libreros, publica un anuncio de las ediciones de la NRF. El anuncio concierne a tres libros, los tres primeros de la joven editorial: L’Otage, de Paul Claudel, una obra en tres actos que se convertirá en un ornato de la tragedia francesa; La Mere et l’Enfant, de Charles-Louis Philippe, quien narra en ella sus recuerdos de infancia y juventud; y, finalmente, Isabelle, un relato breve, desenvuelto y rápido de André Gide.

Gaston [Gallimard] está ansioso: cree haber cometido una equivocación. Cuando los primeros ejemplares están sobre la mesa, llama a Gide. Éste, particularmente maniático, los sopesa, los hojea, los examina antes de saltar indignado al leer su Isabelle: hay páginas con veintisiete líneas, otras con veintiséis, y, además, hay erratas y faltas que no son ciertamente suyas. Gallimard intenta calmarle y le explica que los tipógrafos de Brujas [donde se había compuesto e impreso el libro] son flamencos, que no todos dominan el francés…

Es inútil. Gide está furioso. Con todo su nerviosismo conduce a Gaston al almacén de la NRF, en la calle Bonaparte, y allí los dos hombres destrozan, a petición del escritor, todos los ejemplares de su libro. Gaston cumple dócilmente; no tiene siquiera la presencia de ánimo necesaria para conservar algunos. Gide, más astuto, guardó cinco o seis a escondidas: más adelante, revenderá muy cara esta edición totalmente original. Para ser el hijo de un célebre bibliófilo, a Gaston Gallimard le había faltado olfato.

Con esta pequeña pifia de la que es menos responsable que su impresor, Gallimard aprendió que el editor es considerado siempre por el autor como el responsable de los errores que pueden mancillar su producción.

(Pierre Assouline, 1987)
Recopilación de José Antonio Sánchez Paso

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¿Tiene sentido una app editorial?

27 febrero 2012 11:11

#iPad #editorial

Las apps o aplicaciones son programas de propósito determinado que se descargan en los smart phones, tablets y otros dispositivos. De su éxito da idea el hecho de que Apple está a punto de llegar a las 25.000 millones de descargas de apps en sus aparatos. En España se descargan más de 16 por segundo.

Las apps empiezan a ser utilizadas desde el mundo editorial. Maeva, por ejemplo, tiene una app general, que contiene las novedades por colecciones, booktrailers, muestras de los libros y entrevistas con los autores, los inevitables enlaces a redes sociales, y un listado de librerías con acceso a un mapa de su situación. Lamentablemente, como desde la aplicación es imposible saber si alguna de estos establecimientos tiene determinado título disponible, éste es un recurso poco útil.

Además la editorial saca las novedades de temporada en apps específicas: otoño 2011invierno 2012.

Aparte de esto, están las apps dedicadas a un autor concreto, como CamillaMaeva, dedicada a la autora Camilla Läckberg, “la reina de la novela negra europea”, que contiene juegos y test para lectores de sus obras, y AuelMaeva, dedicada a la famosa serie de “Los hijos de la Tierra”.

Tanto estas apps de autor como las de novedades son gratuitas.

¿Quién, que no sea un profesional del medio, podría querer descargarse las apps de catálogos de una editorial y de novedades? No parece tener mucho sentido… Otra cosa son las app de autor, que apuntan claramente a seguidores de un cierto tipo de obras, pero la fidelidad de los lectores no creo que llegue a extremo de querer ser fans de una editorial.

Las apps son un sistema ecológico más bien cerrado (aunque puedan tener enlaces a páginas web). Maeva utiliza codigos QR en emails para llevar a sus contactos hasta la página de descarga en iTunes, pero el movimiento inverso, desde la app hasta la compra de libros, parece más difícil.

Dado los costes nada desdeñables que tiene colocar apps en Apple (aunque las de Maeva han sido subvencionadas por el Ministerio de Cultura) , las editoriales tendrán que plantearse qué quieren hacer exactamente con ellas. Se me ocurre que podría haber apps gratuitas por géneros (¿novela negra, romántica, histórica, márketing?), para que las descargaran los aficionados; las promoverían un conjunto de sellos que proporcionaran masa crítica de novedades. Servirían de canal de promoción, y mediante notificaciones y otros procedimientos de descarga de materiales complementarios podrían ser un canal cómodo y constante de información al público.

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Booquo: ¿hacia los socios de Círculo, o a por todos?

16 febrero 2012 12:12

Ya comenté hace pocos meses por qué Círculo de Lectores es una buena idea digital. Ahora, viendo el lanzamiento de Booquo me da la impresión de que la apuesta de Planeta en realidad no es Círculo. Entendámonos: quiere conservar e introducir en Booquo todo lo que pueda de Círculo (cuya tendencia en número de socios y compra media, no lo olvidemos, es decreciente), pero sobre todo se propone captar a un público nuevo que ya es consumidor de obras digitales, e incluso servir de atractor para la entrada de nuevos usuarios, mediante un sistema cómodo y atractivo.

Ese sistema tiene dos pilares: las obras en la nube y el sistema de suscripción. El primero simplifica para el público todos los problemas que plantean los lectores y formatos. La suscripción, por su parte, es la misma estructura del club del libro. En el mundo de ebook tenía el precedente (que no acababa de despegar) de 24 symbols.

La modalidad de suscripción Premium permite leer todas las obras que se quiera de un conjunto llamado Biblioteca. Aparte de estas lecturas abiertas de un determinado conjunto, se puede conseguir un ebook más al mes. Naturalmente: están presentes aquí todos los fondos digitales de las editoriales españolas.

Las obras  se organizan por géneros amplios, tanto de fiction como de non-fiction, recordando la estructuración que hizo Planeta de nuevos sellos digitales en nichos lectores. De nuevo el mundo del libro está descubriendo (como antes habían hecho algunas editoriales y librerías especializadas) que los lectores no se organizan por amor a determinados sellos o puntos de venta, sino sobre todo por afinidades con ciertas materias y problemáticas.

El Premium presenta una cuota muy poco más reducida para quienes ya son socios de Círculo:

El coste de suscripción al canal es de 9,90 €  al mes. Los socios de Círculo de Lectores dispondrán de un descuento adicional y la cuota será de 7,90€ al mes.

Una parte importante de todo el proyecto es la actividad social, a traves de perfiles de usuario, y la intervención está incentivada.

Bien: Booquo está aquí, con toda la fuerza del Grupo Planeta que además, como recordaba Jorge Portland en Disquisiciones, ha obtenido “247.499 € de subvención y 2.684.284 € de préstamos para su proyecto de Círculo de lectores Virtual”. De ámbito español inicialmente, nada les impedirá traspasar nuestras fronteras, y a eso apunta la estructura de la URL:

http://booquo.com/es/ebooks/home

Sustitúyase es por mx o ar, y ya se tendrá el siguiente paso (replicando en lo digital una expansión que ya tuvo lugar en papel.

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“Te pueden hundir la editorial”

15 febrero 2012 11:11

#editorial

El olfato es fantástico, pero si un día tres editores tienen un resfriado te pueden hundir la editorial.

(Riccardo Cavallero, 2006)
Recopilación de José Antonio Sánchez Paso
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“Un texto que se lee con sospecha”

08 febrero 2012 11:11

#lectura
#publicidad

La solapa es una forma literaria humilde y difícil, que espera todavía quien escriba su teoría y su historia. Para el editor ofrece con frecuencia la única ocasión de señalar explícitamente los motivos que lo han impulsado a escoger un libro determinado. Para el lector, es un texto que se lee con sospecha, temiendo ser víctima de una seducción fraudulenta. Sin embargo la solapa pertenece al libro, a su fisonomía, como el color y la imagen de la portada, como la tipografía con la que se ha impreso. Una cultura literaria se reconoce también por el aspecto de sus libros.

(Roberto Calasso, 2007)
Recopilación de José Antonio Sánchez Paso
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“Editores avaros, despilfarradores y toderos”

01 febrero 2012 11:11

#lectura

Sin embargo, hay obstáculos que escapan a la voluntad del autor y que los editores colocan para que uno pueda leer confortablemente. Por fortuna ya pasaron las épocas experimentales de los pegantes de los lomos de los libros ─muchos recordamos tiempos idos en que las páginas se iban soltando a medida que pasaban─ pero sobreviven varias especies de editores entre las que recuerdo tres, a saber: los avaros, los despilfarradores y los toderos, todos expertos en hacerle zancadilla al lector vicioso. El avaro ahorra papel, el texto limita con el abismo donde acaba el libro, la caja es casi igual al formato, y la interlínea tan mezquina que la decisión de leer el libro debería ser consultada con el oculista. El despilfarrador es lo mismo pero al revés, el papel brilla tanto que ningún texto podría ser leído allí, el empaque es tan ostentoso que dificulta la manipulación y el contenido suele ser inferior a los lujos y excesos de la forma. Pero el peor editor es el todero. Porque el todero no sabe que existen diseñadores, expertos en tipografía, en fin profesionales que no intentan inventar lo que ya está inventado.

(Darío Jaramillo Agudelo, 1997)
Recopilación de José Antonio Sánchez Paso

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El sector del libro: retos y rutas

30 enero 2012 11:11

#editorial #librería

A los seguidores desde hace tiempo de los blogs de Manuel Gil (Antinomias libro) y Joaquín Rodríguez (Los futuros del libro), y sus intervenciones en la revista Trama y texturas, su obra conjunta El paradigma digital y sostenible del libro (Trama, 2011) no deparará muchas sorpresas. Pero no se trata aquí de sorprender, sino de sistematizar y asentar una reflexión que los autores vienen desgranando en post e intervenciones en distintos foros. Aquí han cristalizado en un discurso trabado y autocontenido, por más que se trate de una obra abierta y más llena de preguntas que de respuestas, como ya alerta la introducción. Muestra de la ambición de la obra es el hecho de que se reúnan bajo un mismo techo cuestiones referidas a una multiplicidad de actores del universo del libro: editoriales, pero también librerías, distribuidores y bibliotecas, edición científica, comercial y fanfic, libro nuevo y libro antiguo, impresión bajo demanda y ebook, como elementos todos íntimamente imbricados.

El punto de partida no es, y esto es importante señalarlo, un sector del libro (el español) sobre el que gravita la amenaza o la promesa de la digitalización, sino sencillamente un sector del libro que funciona mal, y a muchos niveles. Y precisamente sobre este sector es donde recae la necesidad o la conveniencia de una transición digital. La sobreproducción, las políticas comerciales débiles, que se manifiestan en el crecimiento de las devoluciones, la base lectora exigua, la debilidad del canal de librerías son los elementos de partida. A ello se une la falta de herramientas de análisis y aun de conocimiento del comportamiento del sector.

A lo largo de las páginas se agolpan las tareas pendientes, tanto hacia el sector tradicional como hacia el futuro (que pueden coincidir parcialmente en temas como la impresión bajo demanda, o en la gestión de los títulos vivos). Por suerte, el penúltimo apartado del libro, “La transición digital”, es una auténtica hoja de ruta que va detallando, actor por actor, los pasos que habría que dar desde la digitalización retrospectiva hasta la utilización de las redes sociales.

La cuestión de la sostenibilidad del sector del libro es quizás la última de las preocupaciones de sus empresas, y aun de sus consumidores. Mientras que en otras áreas empiezan a cundir prácticas y preocupaciones ecológicas (compra de productos de proximidad, alimentos biológicos…), para el libro sólo está comenzando la conciencia de las consecuencias medioambientales de la cadena de producción y comercialización. Razón de más para la oportunidad de su inclusión en este volumen, que intenta ser abarcador.

Es una pena que la mayoría de los libros no tengan ya índice de nombres y palabras: el de este volumen habría servido para localizar autores citados (Scolari), compañías traídas a colación (MacMillan, Telefónica), instituciones (CEGAL), productos (tablet),  o conceptos (devolución)… O si se hubiera incluido en Google Libros (o algún medio similar) se habría podido rastrear en sus páginas cualquiera de estos elementos. Nada de eso tenemos y, como ya hemos señalado en otras ocaiones, es malo que el libro de papel renuncie a sus sistemas clásicos de localizacion de información, en plena época de textos digitales abiertos a la búsqueda.

Estamos, en suma, ante una obra ambiciosa, que intenta crear un relato coherente no sólo de una situacion actual compleja, sino de un futuro que está en marcha, cuya forma avanzan indicios importantes dentro y fuera de nuestras fonteras. Ante una obra que no oculta los problemas, y que aporta honradamente los  caminos que los autores juzgan pertinentes para salir de una situación que se juzga muy peligrosa. Podemos preguntarnos si servirá de algo. Si las autoridades correspondientes de Industria, o de donde toque velar por el sector del libro están dispuestos a leerla; si los propios editores, distribuidores o libreros tienen el sosiego necesario para dedicarle unas cuantas horas de reflexión. Si la respuesta es globalmente “no”, podemos preocuparnos seriamente.

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Peret en los principios de Círculo de Lectores

21 enero 2012 9:09

#memoria #editorial #LyB
En el libro de Juan Puchades Peret. Biografía íntima de la rumba catalana, que acaba de publicar la editorial GlobalRhythm (y que he mencionado en el blog hermano), tropiezo por sorpresa con esta anécdota que liga los inicios del Círculo de Lectores con el creador de la rumba catalana, sirviendo como nexo de unión la discográfica, también propiedad de Bertelsmann, Ariola.

A finales de ese año [1970], el sello alemán Ariola, propietario también del club germano del libro Círculo de Lectores, decidió instalarse en España y para ello comenzó a tantear a la industria local con el objeto de adquirir alguna discográfica española para iniciar sus actividades contando ya con el apoyo de un catálogo asentado. Unos años antes, Ariola se había asociado con Vergara —de hecho, en 1962, cuando se fundó Círculo de Lectores, se denominó Vergara Círculo de Lectores—, pero la relación entre ambas empresas se deterioró y acabaron por romper relaciones; sin embargo en 197o los propietarios de Vergara estaban dispuestos a vender y Ariola tenía puestos sus ojos, precisamente, en esa compañía para utilizarla como plataforma de su desembarco español. El primer problema surgió, dados los resquemores del pasado, a la hora de fijar el lugar de reunión donde mantener las conversaciones que conducirían a la compraventa, pues ni Vergara estaba dispuesta a acudir a las oficinas de Círculo, ni los alemanes querían reunirse en las de aquellos. Así que, buscando un terreno neutral, optaron por mantener los diferentes encuentros en el despacho de Clan, la empresa de Peret y Ramón Segura. De rebote, Segura, Clan y Peret resultaron parte beneficiada de la negociación, pues una vez cerrada la operación con Vergara, les plantearon a ambos la adquisición de Clan, la oficina de management: «Aquello era una forma de ficharnos a los dos —rememora Ramón Segura—. A mí me propusieron quedarme de presidente de Ariola. Acepté porque tenía veintinueve años y me hacía gracia ser presidente, aunque los alemanes no llamaban presidente a nadie, la figura era gerente. Finalmente Peret y yo les vendimos Clan, y cobramos la mitad cada uno. Aquello fue en diciembre de 197o» (pág. 186).

En fin, como canta Peret recientemente: “Aquel que diga que no vende nada, que levante el dedo“.

Quede esta pincelada aquí publicada, a falta del Archivo de la historia del sector editorial, que no parece que vaya a existir…

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