La unión hace la fuerza

12 enero 2008 8:08

El comercio del libro de segunda mano (agotado, viejo, etc.), tiene un papel clave en la bibliodiversidad del mercado, suple numerosas deficiencias en el circuito normal del libro, prolonga la vida de las obras y es ecológico. Por eso nos alegramos de noticias como ésta:

Bajo el título de Europa recciona el Bibliómano cuenta que

Un nuevo portal aparece: se llama Marelibri (Association Marelibri.com), con sede en Milán. Se formó en octubre de 2007 con otros portales independientes europeos: Maremagnum.com (Italia), Antiqbook.com (Holanda), Livre-Rare-Book.com (Francia), Prolibri.de (Alemania) y Uniliber.com (España). Todos bajo el común denominador de contrarrestar el poder de Abebooks en Europa. Marelibri reune 20 millones de libros de 2.000 librerías.

Ring, riiiing… ¡Marchando!

26 diciembre 2007 21:21


Encontrado en un libro comprado en la Cuesta de Moyano (famoso lugar madrileño de libros viejos y de ocasión), este punto de lectura-anuncio de una librería de Madrid, calculo que hacia 1950, aunque algún lector quizás lo pueda fechar con mayor precisión.

¡Bonita época esa en la que se marcaba un número de seis cifras, se pedía el libro deseado, y un veloz ciclista te lo acercaba a tu casa! Y doblemente precioso el hallazgo por haber sido encontrado entre las páginas de un libro viejo, ese no-lugar multidimensional que puede ofrecer las mayores sorpresas…

Los libros, a la basura

11 diciembre 2007 22:22


La oprobiosa imagen superior pertenece a un contenedor situado en la bella (aunque en progresiva degradación) villa de Cadaqués. El reciclado de desechos es una muestra de respeto al medio ambiente, aunque algún día debería plantearse la ecuación costos/beneficios que implica la forma en que se hace: habrá sorpresas…

Pero a lo que íbamos: el papel es uno de los productos más reciclables, y estos contenedores dispersos por toda la geografía animan al ciudadano a depositar en ellos su “papel y cartón”. Pero, concretamente, ¿qué tipo de materiales están incitando a arrojar al contenedor? La imagen lo dice bien a las claras: frente a una caja de cartón y lo que con buena voluntad podríamos calificar de “revista”, hay seis hermosos libros, seis, encuadernados, a lo que parece, en tapa dura.

Me parece una barbaridad esta exhortación, por dos motivos. En primer lugar por las omisiones: no hay ninguna imagen de los packagings abusivos de yogures o latas de cerveza, ni de los periódicos dominicales sobreinflados para meter publicidad, ni de los folletos con los que espamean nuestros buzones físicos, ni de las pilas de propaganda electoral (ilegible e ileída)
con las que nos empapelarán en seguida. No: hay que reciclar libros.

Pues no: aun si uno no está de acuerdo con el adagio clásico retomado por Cervantes (“No hay libro tan malo que no tenga algo bueno”), hay una forma preciosa de mantener el libro vivo: hacer que pase al mercado de segunda mano (¡rápido, antes de que lo destruyan o lo llenen de cánones), o lanzarlo al bookcrossing para que alguien lo encuentre. O, si me apuran, dejarlos cuidadosamente apilados en una esquina cerca del contenedor: ya verán lo que duran…

Pero a la basura, ¡nunca!

Google libros y el comercio del libro

30 julio 2007 10:10

Recoge El bibliómano una entrada de Hang Fire Books: ¿Quién teme a Google Libros? Su tesis es que la consulta de Google Libros sustituirá a la compra de un ejemplar de esos libros académicos que uno busca para hacer cosas como una nota al pie, pero también opina que fomentará la adquisición de libros que uno no sabía exactamente si podían serle útiles.

En mi experiencia personal (que, antes de Google Libros empezó con las digitalizaciones de Amazon) la reproducción parcial de un libro académico que me interesara rara vez me ha resuelto una duda, mientras que sí me ha lanzado a una compra.

Sigue Hang Fire Books: “Las primeras ediciones y los libros como artefactos/fetiches deberían mantener su valor [en un mundo en el que google Libros haya continuado su insaciable copia]”. Esta reflexión de un profesional del libro debería hacernos pensar: ¿vamos hacia un mundo en el que los libros que valoramos por su contenido y oportunidad se consumirán sobre todo por línea (o en impresión sobre pedido)? ¿Reforzará ese mundo el aprecio (y el precio) de los libros antiguos/viejos, de las ediciones esmeradas y bellas?

No parece tan mal…

Libros de viejo

23 julio 2007 14:14

Bonita costumbre la que tiene L’home dibuixat: dar cuenta de los libros que ha encontrado en el mercado de viejo, en este caso el Mercat de Sant Antoni de Barcelona, famoso punto de encuentro los domingos por la mañana de vendedores y compradores del libro antiguo, viejo, agotado…

De esta forma, quien busque en la Red información sobre un libro determinado y tenga la suerte de que L’home dibuixat lo haya encontrado, ya podrá al menos ver la portada y (¿quién sabe?) tal vez pueda negociar su compra, el préstamo, una ojeada…

Mi Dan Brown por tu Madonna

25 mayo 2007 11:11

La página web Cambia.es propone intercambios de productos entre particulares, y una de las categorías que presenta son los libros. En un ojeo inicial descubro 267 lotes en oferta, que van de 11 novelitas de Marcial Lafuente Estefanía a 238 novelas del Circulo de Lectores, pasando por una biografía de Dylan. “El cambio puede no limitarse a artículos de la misma categoría, en este caso libros, puesto que un usuario puede cambiar cualquier artículo, un CD, por ejemplo, por un libro.”

La empresa afirma que

Estas comunidades [de personas que cambian productos] representan una alternativa al consumismo y una forma de liberar los libros ya leídos y alargar su vida, consiguiendo nuevas lecturas a cambio.

Se anuncia también una quedada (encuentro físico de intercambiadores) aprovechando la Feria del Libro de Madrid.

Uniliber: portal del libro antiguo y usado

15 abril 2007 16:16

Aunque ya cuenta con casi dos años de rodaje, el portal Uniliber acaba de presentarse al público en una rueda de prensa.

Uniliber agrupa a “profesionales del libro antiguo, viejo, usado y agotado” que, procedentes en muchos casos de otros proyectos de venta por Internet, han decidido constituirse en asociación para dar un trato más personal a sus clientes y reducir el pago de comisiones, que encarecen los libros para el comprador final.

En estos momentos hay 189 profesionales asociados, de toda España, que suman un fondo de casi dos millones doscientos mil libros.

Este blog apoya al circuito de venta de libros de segunda mano. Sin él, infinidad de títulos antiguos y agotados serían absolutamente inaccesibles para los lectores. El mercado actual se caracteriza no sólo por la sobreproducción editorial, sino también por la rápida obsolescencia de los libros, muchas veces descatalogados al poco tiempo de su aparición, tras un paso vertiginoso por las librerías. Gran parte de la producción literaria y ensayística del pasado está hoy sólo accesible en las bibliotecas públicas y en estas librerías de viejo, donde van a parar las bibliotecas de los particulares, cuando (ejem) la muerte de sus propietarios o las presiones inmobiliarias las separan de sus poseedores.

El mercado de libros de segunda mano constituye, así, no sólo un factor ecológico de reciclado sino un componente esencial del circuito que nos liga con nuestro pasado cultural. La Internet está siendo clave para poner en contacto la oferta y la demanda, terreno en el que ya están activos gigantes del libro nuevo (como Amazon) y multinacionales del libro usado (como Abe Books, que en España opera como IberLibro).

En este panorama sólo podemos felicitarnos por la aparición de asociaciones de profesionales conscientes, como Uniliber.

¡Funciona!

08 marzo 2007 9:09

Uso mucho el reciclado. Me encanta que algo que yo no use encuentre utilidad para otra persona, y nunca he vacilado en incorporar a mi vida algo que otro ya no quería usar. Una de las interfaces más útiles para estos intercambios es, sencillamente, la calle. Uno deja en ciertas esquinas determinadas cosas y puede estar seguro de que durarán “menos que un merengue a la puerta de un colegio” (en la expresión consagrada, y probablemente obsoleta).

Con los libros ocurre exactamente lo mismo. O más. En determinados momentos de mi vida me he visto impulsado a reducir el volumen de mi biblioteca. Uno de mis procedimientos ha sido normalmente acudir a un librero de viejo. Me saco unas pelillas (que gastaré inmediatamente en más libros), y las obras volverán a encontrarse con su público, gracias a los sitios especializados: los tenderetes callejeros, el Mercat de Sant Antoni (Barcelona), la Cuesta de Moyano (Madrid), etc. Pero para pequeñas cantidades, o con libros que no quiere ni el librero de viejo, utilizo el mismo procedimiento: una bolsa, y a la esquina de la calle.

No duran nada. Alguien puede preguntarse que quién querrá los gruesos tomos de Teoría y Crítica Literaria de los que me desprendí cuando abjuré de ciertos errores de juventud. Sabe Dios. Un día coincidí en una comida con el responsable de saldos de libros en El Corte Inglés (no caeré en el eufemismo común en la prensa de decir “unos grandes almacenes”: sólo hay unos). Le pregunté algo que siempre había querido saber: ¿siempre encuentran comprador para estos libros en saldo?, ¿incluso para los de egiptología o resistencia de materiales?. “Claro”, me dijo, “siempre y cuando se baje lo suficientemente el precio: se vende todo”. A ese precio bajo, bajísimo, de cero euros, mis libros en la calle es lógico que no duren nada…

Uno de los usos habituales en los que usan la calle como Gran Intercambiador, cuando depositan un electrodoméstico, un ordenador, etc., es dejar un cartel que diga: “Funciona”. Así, el transeúnte sabe que no está ante una chatarra, útil sólo para los recuperadores de metal (que pueden desguazar un televisor antiguo en dos minutos), sino ante un aparato quizás no de última hora, pero sí utilizable. Esta imagen de los aparatos con el cartel encima me asaltó cuando bajaba ayer una bolsa de libros a la esquina.

Y entonces pensé: un libro no necesita encima el cartel de “Funciona”. Cualquiera sabe que puede cogerlo, abrirlo, e inmediatamente la alineación de letras empezará a destilar sus contenidos en la mente del lector. El libro siempre funciona. El buen libro de papel.

Dentro de los libros

25 febrero 2007 9:09

Compré en un librero de viejo, por Navidades, una preciosa novela juvenil de los años 50 del siglo pasado, de la extinta Editorial Labor. La acción transcurría entre los tramperos y mineros de Alaska. Al verlo con más calma en casa, en su interior descubrí, recortadas de periódicos de la época, un par de noticias amarillentas, una referida al comercio de pieles, y otra a las minas de oro de la región. Y entonces recordé algo que no veía desde pequeño: cómo los libros se enriquecían permanentemente con artículos de revistas o periódicos. Recuerdo haber visto a mi padre recortar y pegar en las guardas de una obra sobre la prehistoria alguna noticia aparecida en el Ya sobre hallazgos de los paleontólogos. Junto con los subrayados y las anotaciones marginales, este aporte de nuevos elementos era la forma de conectar el texto del libro con otros textos. Hipertexto, sí, pero avant la lettre y en una sola dirección.


Recordaba estas cosas viendo algunos de los últimos posts del blog de Studiolum, una web dedicada a emblemática y otras cuestiones humanistas, que narran hallazgos de anotaciones y papeles en ejemplares de libros antiguos.

Libro y mercancía

06 febrero 2007 10:10


A través de Con Valor llego a un artículo de Juan Manuel de Prada: Cementerios de libros, que sigue un reportaje de Antonio Astorga en ABC (y que no he podido localizar). Prada se lamenta por la destrucción de libros invendidos por parte de las editoriales. ¿Por qué? Porque

mientras existiera el libro, existía también la posibilidad de rescate: quizá un lector piadoso le sacudiera, allá en un futuro impreciso, el polvo acumulado durante décadas; quizá la curiosidad triunfara finalmente sobre la incuria y las generaciones del porvenir pudiesen disfrutar de lo que las presentes habían desdeñado, por fatuidad o ignorancia. Pero, desaparecido el libro, desaparece también toda posibilidad de salvamento.

En donde más hincapié hace el autor (y donde no ahorra floreos y comparaciones) es en el proceso mismo de destrucción:

El reportaje de Antonio Astorga se ilustraba con fotografías que movían a las lágrimas. En una de ellas, un montón de libros avanzaba sobre una alfombra deslizante, camino de la trituradora que los descuartizaría, como corderos que enfilan la entrada del matadero. En otra, se contemplaba uno de esos paisajes apocalípticos propios de vertederos o chatarrerías, atestado de grandes pacas de papel triturado que se amontonaban unas encima de otras, como obeliscos desvencijados que a duras penas logran mantener el equilibrio.

A mí me pone un poco nervioso la doble retórica que rodea al mundo del libro. Resulta que por una parte, son una mercancía, pero, a diferencia del resto de las mercancías de nuestra civilización (toneladas de alimentos arrojados al mar, ropa exiliada de la temporada anterior, ordenadores desechados porque no podrán alojar el nuevo sistema operativo…), se llora que estén sometidos, como cualquier otra, a la obsolescencia programada y a la destrucción de excedentes. Se les reconoce un papel destacado en la memoria de nuestra cultura, pero los mecanismos (bibliotecas, libreros de viejo) que los preservan al margen del mercado mayoritario (que no preserva nada) están sometidos a un cerco progresivo.

Al menos desde el punto de vista de los autores, la apuesta por la disponibilidad digital de las obras es clave,. Y desde el punto de vista de la cultura, también: ¿Cómo es posible…?

que todavía queden novelas de Baroja por publicar, que no existan obras completas de Azorín, que las obras completas de Valle Inclán sean poco menos que infumables.

O, como me decía el otro día una persona en un acto público, ¿cómo es posible que no se encuentren vivas ediciones de Gerardo Diego?… El libro será una mercancía, pero sus proveedores están sirviendo al mercado mucho peor que los fabricantes de tornillos o de medicinas.