El escritor autosuficiente

18 octubre 2011 9:09

El salmantino Don Diego de Torres y Villarroel fue el primer español que pudo vivir de su pluma gracias al enorme éxito de los pronósticos, como El Gran Piscator de Salamanca para el año de 1758, cuya cubierta se reproduce arriba (sacamos el dato de Francisco Mendoza Díaz Maroto, «Los almanaques, calendarios y pronósticos», en Hibris, 63-4, mayo-agosto 2011).

En estos días en que se ha vuelto a fallar el segundo premio literario mejor dotado del mundo (el Planeta) conviene recordar que normalmente los escritores españoles no pueden vivir de su pluma. Entonces, ¿de qué viven los escritores?

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Estampas andalusíes I: fabricación de papel

28 abril 2011 9:09

En La Casa Andalusí de Córdoba veo la reconstrucción a escala del proceso de fabricación del papel, invención china que los árabes introdujeron a Europa. En la imagen superior se ven unos martillos accionados por fuerza hidráulica (la rueda de la derecha), que machacan trapos hasta convertirlos en una pulpa que servirá de base para el papel. Estos martillos hidráulicos parece que se utilizaron por primera vez en Samarkanda en el siglo XI, y en el XIII ya estaban en uso en el Reino de Aragón. Son parientes próximos de los batanes para tejidos que sembraron el terror en el corazón del caballero y su escudero.

Tras introducir la pulpa en unas formas rectangulares, se llega por fin a la obtención de las hojas, que se deben poner a secar (abajo). En el siglo XIII, el precio del papel ya era un sexto del del pergamino.

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El Averiguador y la corrección de pruebas

08 abril 2011 9:09

Me había quedado  sumergido en la cuestión tras publicar un post sobre la historia de los signos de corrección, cuando por pura serendipia (porque buscaba otra cosa) me topé con un bonito conjunto de datos.

El Averiguador fue una de las mejores iniciativas de revistas del siglo XIX. He contado su historia en un antiquísimo artículo. Reproduzco su comienzo:

En el año 1868 apareció en Madrid la revista El Averiguador, que más tarde pasaría a llamarse El Averiguador Universal. Su publicación sufrió varias interrupciones y —tras los respectivos eclipses— reapareció en los años 1871, 1876 y 1879 (tuvo también una tardía Quinta época en 1954). Su director durante mucho tiempo fue el presbítero José María Sbarbi.

¿Qué era el Averiguador? Sencillamente, una recopilación de correspondencia entre «curiosos, literatos, anticuarios, etc., etc.», junto con una «revista […] de documentos y noticias interesantes». Obsérvese de entrada lo amplio del universo de la publicación, representada en el doble «etc.» de los destinatarios y en el vago concepto de «interesante», como única identificación de los contenidos. Pero precisamente esta era su virtud: ser un punto de encuentro entre gente con intereses muy diversos.

Pues bien, en el Año Segundo, número 37, de 15 de julio de 1880, págs. 199-201, figuraba un artículo titulado «Corrección de pruebas», firmado por M. Ossorio y Bernard, que empezaba así:

Entre los factores indispensables del mundo literario, ningúno tan poco apreciado generalmente como el corrector de pruebas, cuyos inestimables servicios debieran proclamarse diariamente para que, siendo conocidos, pudieran ser debidamente recompensados.

En el número 39, del 15 de agosto de 1880 (que se abría con la esquela de Juan Eugenio Hartzenbusch), págs. 233-236, Alejandro Gómez Fuentenebro contestaba: «Más sobre correccion de pruebas». Y en el número 40, del 31 de agosto de 1880 (que se abría con la «Advertencia» de que «no se sirven los pedidos [de la revista] sin anticipar el importe»), págs. 247-253, aparecía del mismo una «Explicación de los signos empleados para la corrección de pruebas; y reglas de buen gusto tipográfico que deberán tener presentes los correctores».

Pues bien, quien quiera ver cómo se desenvolvió el diálogo, y las enseñanzas que se desprenden para el oficio de corrector, puede leer los artículos íntegramente. En vista de que mi ejemplar del Averiguador se está deshaciendo, no he podido escanearlos, sino sólo hacer unas fotos, que he subido a Flickr (al final del post van las direcciones) .

Pero además se me ha ocurrido que tal vez alguien, o mejor dicho álguienes, con medios de OCR (o con ganas de teclear) podría colaborar para transcribirlos. No tengo que contar a mis lectores cuánto más útil es disponer del texto electrónico que de la imagen de unas páginas. He creado un wiki para la transcripción (quien quiera usarlo deberá registrarse). Si logramos acabarlo, haré una edición digital de lujo de los artículos que, como todo lo que se cuelga en este sitio web, podrá reproducirse.

En fin; aquí están las páginas:

“Corrección de pruebas”, por M. Ossorio y Bernard:

Pág. 199: Entre los factores indispensables del mundo literario, ningúno tan poco apreciado generalmente como el corrector de pruebas, cuyos inestimables servicios debieran proclamarse diariamente para que, siendo conocidos, pudieran ser debida-
Págs. 200-1

«Más sobre correccion de pruebas», por Alejandro Gómez Fuentenebro

Pág. 233
Pág. 234
Pág. 235
Pág. 236

«Explicación de los signos empleados para la corrección de pruebas…», por Alejandro Gómez Fuentenebro

Pág. 247
Pág. 248
Pág. 249
Pág. 250
Pág. 251
Pág. 252
Pág. 253

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Por dónde iba yo…

04 abril 2011 9:09

Saber dónde se ha interrumpido una lectura es un requisito imprescindible para continuarla; si no, uno está condenado a errar arriba y abajo de las páginas del libro, medio reconociendo fragmentos, hasta localizar uno realmente novedoso. Los lectores hacen todo tipo de operaciones para preservar esta valiosa información. Los más cuidadosos utilizan un punto de lectura, también llamado punto de libro o marcapáginas, artilugio creado para tal efecto. Los más píos usan la cinta de registro que muchas Biblias llevan incorporada (y muchas ediciones buenas, como las de Círculo de Lectores, también). Otros doblan una esquina de la página (que los anglosajones llaman «a lo oreja de perro», dog-ear; la práctica está tan extendida que una tienda de libros usados se llama Dog-Eared Pages). Los apresurados dejan el libro boca abajo (lo cual no acaba de ser bueno para la encuadernación). Los estudiosos cierran el volumen manteniendo en su interior el lápiz con el que han estado haciendo anotaciones. Etcétera.

Tan importante es esta función, que los programas de lectura de libros la hacen por lo general automáticamente (al encenderse se abren por la página en que se les dejó), e incluso se mantiene a través de las distintas plataformas de lectura, en los programas que lo permiten: puedes dejar de leer en tu dispositivo dedicado o e-book, y al reanudar la lectura en tu smart phone te encuentras la página en la que estabas.

Vía Diari d’un llibre vell llego al Bloc de la Biblioteca de Reserva de la Universitat de Barcelona, donde se informa del hallago de un «punto de cursor», que al parecer es el nombre técnico de este señalador de página, básicamente una cinta (aquí, cuerda) dotada de una flecha movible verticalmente para indicar no sólo la página sino también la línea en la que el lector se detuvo. Estaba en el libro de Pedro de Alcántara Tratado de la oracion y meditacion, impreso en el año 1633. Podría objetarse que este ingenioso dispositivo no discrimina si la lectura se interrumpió en la página de la derecha o en la de la izquierda (todo caso que al cerrar el volumen se eliminaría esta distinción, de haberse hecho). Entonces me he dado cuenta de que yo suelo abandonar la lectura o bien al acabar un capítulo, o si no por lo general siempre en la página de la derecha.

Y ya puestos, abro una encuesta entre mis lectores: ¿dónde dejan la lectura (por ejemplo, cuando les rinde el sueño)?: ¿en una división mayor (capítulo, apartado), o no? Y, claro, a falta de un punto de cursor como el del Tratado de la oracion: ¿cómo señalan la página?

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Tras San Jerónimo y el león

01 abril 2011 10:10

San Jerónimo rodeado de códices en griego, hebreo y latín, quitándole la espina a un león
en la portada del libro de Pedro de la Vega Hystoria nueva (Zaragoza, Jorge Coci, 1528).

Aurora Egido, renombrada especialista en el Barroco, ha escrito un precioso Pregón de la VII Feria del Libro Viejo y Antiguo de Zaragoza. En él, y como corresponde a un género festivo y cultivado, se pasa revista a importantes hitos de la vida de la ciudad y de la historia de la lectura: desde la constitución de la Cofradía de Libreros de San Jerónimo de Zaragoza en 1537, hasta la defensa de las bibliotecas de Reino Unido utilizando Twitter.

Por su amabilidad, y la de la Asociación de Libreros de Viejo y Antiguo de Aragón, el pregón está disponible para nuestros lectores en una cuidada edición en PDF:

Una de las imágenes más enternecedoras de la iconografía tal vez sea la de San Jerónimo leyendo un manuscrito mientras un león está tendido a su lado escuchándole. Pues esa estampa, que cristianiza en cierto modo el mito de Orfeo cuando amansaba con su canto a las fieras, remite a toda una historia del libro y de la lectura que nos aparta del tráfago del diario vivir para sumergirnos en otro espacio y otro tiempo.

Texto íntegro del Pregón.

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«Mirar todo el tiempo tan fijamente aquellas letras negras»

09 marzo 2011 9:09

Los que se quedan sentados y trabajan con las manos se ven amenazados por otra desgracia al tener que fijar los ojos continuamente en aquellas letras negras, pues poco a poco contraen debilidad de la visión, y cuando sus ojos no son muy fuertes son afectados, para empezar, por mala visión, irritaciones y otras enfermedades de los ojos […]. Recuerdo que en una ocasión, después de haber estado sentado unas cuatro horas con mi impresor para corregir las pruebas de una de mis obras, más tarde, cuando había salido de la imprenta, aún flotaban delante de mis ojos las imágenes de aquellos pequeños mecanismos a los que había mirado tan intensamente, e incluso durante la noche me parecía verlos. Por tanto, a causa de mirar todo el tiempo tan fijamente aquellas letras negras mientras los hombres componen o distribuyen los tipos, el tono de las membranas y de las fibras del ojo se debilita seriamente, en especial la pupila; de ahí que no sea extraño que sufran de enfermedades de los ojos.

(Bernardino Ramazzini, 1700)
Recopilación de José Antonio Sánchez Paso

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Historia de los signos de corrección de pruebas

08 marzo 2011 9:09

En los Cahiers GUTenberg hay un artículo de Jacques André: Petite histoire des signes de corrections typographique. Lo he visto en el nuevo blog De Editione de Silvia Senz.

El pequeño recorrido por fuentes básicamente francesas (desde los signos ad hoc de creadores como Balzac hasta la estandarización) me he hecho añorar la existencia de datos similares para la edición española. Tal vez nuestros lectores lo sepan: ¿existe algún estudio sobre el tema?

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50 años (o así) de oficio editorial

22 febrero 2011 9:09

En el 2009 se festejó el cincuentenario de Anaya, y me pidieron una contribución al volumen colectivo El libro del 50. Así nació el texto «50 años (o así) de oficio editorial»:

Mi edad no me permite, francamente, tener cincuenta años de experiencia editorial, pero ustedes me disculparán la licencia… Allá por 1974, siendo todavía estudiante de la Facultad, hice mi primera traducción, precisamente para el Grupo Anaya. Gustavo Domínguez (que había sido mi profesor), me encomendó la versión española de Las lenguas y su enseñanza, de W.A. Bennett para Cátedra.

Y esa fue mi puerta de entrada en la edición. El primer contacto fructificó en otras traducciones y a partir de ahí —y salvados el inevitable remate de mi carrera y el casi más inevitable servicio militar— en 1977 empecé a trabajar en Editorial Fundamentos.

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Las movilizaciones antes de Facebook

10 diciembre 2010 9:09

En el Museu d’Historia de Barcelona está exhibiéndose la muestra «Ja tenim 600!», sobre la fabricación y el impacto popular del famoso Seat 600 (1947-1973). En ella encontramos, entre muchos elementos de interés, un panfleto mecanografiado del año 1951 que convocaba a una huelga de tranvías, hasta que se igualaran las tarifas del billete de Barcelona con las que se habían aprobado en Madrid (se cita como prueba  La Vanguardia del 28 de enero de 1951, que por cierto está disponible en la magnífica hemeroteca digital del diario).

¿Qué nos llama la atención, es estos tiempos de grupos de Facebook y convocatorias por SMS? El procedimiento viral y artesano con el que se hace la convocatoria: «haz cuatro copias de esta CADENA y mándala a cuatro amigos distintos». Claro que «Si eres BUEN CIUDADANO DE HONOR haz 8 copias o más». La estructura imita las de las famosas «cadenas de oración», pero hay que recordar que mecanografiar 4 u 8 copias llevaba su tiempo, y que por supuesto no todo el mundo tenía máquina de escribir, por no hablar del riesgo de detención que tenían, en la España de la época, los agitadores. Por cierto: la huelga triunfó…

Aprovecho la ocasión para hacer una petición pública al Museu d’Historia de Barcelona: que se apresure a colgar en su web o a editar en catálogo (y preferiblemente ambas cosas) los materiales de sus muestras. Tanto «Ja tenim 600!» como «Barracas. La ciudad informal», por citar dos de las más recientes, son de una gran riqueza, y resulta lamentable que por no editar el catálogo o publicar su contenido íntegro en la Web sólo hayan podido disfrutarlas las personas que podían acudir al museo los días en que estaban abiertas. El esfuerzo de creación de estas exposiciones merece una difusión mayor.

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Bergua el polígrafo

20 noviembre 2010 15:15

La verdad, no recuerdo cómo llegué a esta página web. Probablemente por pura serendipia. Se trata de la biografía de Juan Bautista Bergua (1892-1991). A muchos, como me ocurría a mí, ni les sonará el nombre, pero baste decir que fue el compilador de Las mil mejores poesías de la lengua castellana (hoy en su trigésimo tercera edición), el traductor de Platón, Homero, Maquiavelo, Erasmo, Marx o el Corán, el autor (a veces bajo pseudónimo) de obras sobre mitología, higiene sexual o el gusano de seda, y sobre todo el fundador de la Librería-Editorial Bergua en 1927 (desde 1939, Ediciones Ibéricas).

La editorial publicó varias colecciones a precios populares, de lo que hoy llamaríamos «libro práctico», pero también clásicos. Formado en París, políglota, Bergua introdujo modelos editoriales que triunfaban fuera de nuestras fronteras, y se las arregló para mantener un ritmo incesante de novedades, que le obligó a escribir él mismo, traducir o incluso pergeñar refritos de otros autores. Destaca su «Biblioteca de bolsillo», que abajo podemos ver descrita al final de un volumen editado en 1968, pero que coincide esencialmente con la que él preparó. De ideología progresista, publicó obras de pensamiento social, y fue él mismo autor de un Catecismo comunista.

Al estallar la guerra, logra huir, protegido por el General Mola (al parecer, buen ajedrecista, y a quien había publicado un libro sobre el juego). Los sublevados comienzan la represión cultural, con actos como la quema de 40.000 ejemplares recién editados de la Crítica de la razón pura de Kant…

En su exilio francés, desvinculado de la editorial, sigue trabajando, y estudia finlandés para traducir el Kalevala. En 1959 muere su hermano, que había continuado la editorial, y regresa a España, donde retoma las riendas del negocio y publica muchas cosas que ha ido escribiendo desde la guerra.

Hoy, el sello sucesor de su editorial, Ediciones Ibéricas, publica parte de su catálogo en PDF, y  tiene también libros para vista gratuita en su web. Así, hoy podemos acceder fácilmente a algunas de las obras que  concibió, tradujo y publicó Juan Bautista Bergua en los años esperanzados de la República.

Por cierto: Bergua merece un artículo en Cultura escrita & sociedad, por nombrar una de las revistas que más hacen por nuestra memoria editorial. Mientras tanto, una entrada bien hecha en la Wikipedia permitiría ir difundiendo su curiosa personalidad y buen hacer editorial.

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